FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 91

75 LECTURAS sin adornos. “No es una novela ni una cró- nica. Es mi historia, y debía ser sincera”, enfatiza. El proceso no fue terapéutico — eso, añade, ya lo había trabajado antes—, pero escribir le permitió cerrar cuentas con su pasado. Volver a rememorar el atentado no fue lo más duro. Lo que más le costó fue des- cribir cómo sus problemas psicológicos afectaron a su familia. “Sin querer, haces daño. Contarlo fue lo más difícil, pero también lo más necesario”, reconoce. Plasmar ese dolor en palabras resultó un ejercicio de honestidad que dota al libro de una profundidad emocional única, ca- paz de conectar con cualquiera que haya enfrentado una pérdida. En las páginas del libro, la conexión con sus compañeros caídos está siempre pre- sente. “En una misión así, el vínculo hu- mano lo es todo. Puedes no empezar sien- do amigos, pero al final lo eres”, explica. "Trabajar codo con codo, 24 horas al día, forja lazos inquebrantables". El atentado, en un Irak sumido en el caos de la posguerra, permanece intacto en su memoria. “Lo veo todo. No necesito reconstruirlo. Está ahí”, afirma. Han pa- sado más de veinte años, pero recuerda cada instante: los momentos previos, el sonido de los disparos, el silencio que vino después. “Era un viaje corto, solo íbamos a estar una semana en el país. Todo iba rápido: instrucciones, nombres, movimientos. Esos detalles se han desvanecido, pero el ataque… eso lo veo con claridad, como si aún estuviera allí”, relata. En ese mo- mento no sintió miedo, solo una frialdad instintiva. “Sabía que podía morir y lo aceptaba. Era una posibilidad más, pero el instinto de supervivencia toma el control y no te deja rendirte”. En medio de los disparos de los insurgen- tes, su compañero Carlos le pidió que bus- cara ayuda. Corrió de coche en coche, sin un plan concreto, solo actuando. Cruzó la mediana de la carretera, pidió auxilio, vio vehículos pasar sin detenerse. Finalmen- te, encontró a la policía y regresó al lugar del atentado. “Cumplí el objetivo. Volví con ayuda. Eso me sostuvo”. Aunque no cambió el desenlace, con el tiempo com- prendió que ese acto le dio algo a lo que aferrarse en sus momentos más oscuros. Para el exagente, la emboscada en la ca- rretera fue premeditada. “Éramos un ob- jetivo: españoles, occidentales, agentes de inteligencia”, señala. Semanas antes, otro compañero, José Antonio Bernal, había sido asesinado. En un Irak sin ley, sus compañeros murieron por el caos del país. Él está convencido de que sobrevi- vió precisamente por ese mismo caos. “Lo más fácil habría sido matarme. Pero nadie dio la cara. No sé si fue miedo, azar o cle- mencia. Pero no lo hicieron”. UNA CARRERA INESPERADA EN EL CNI Sánchez Riera pasó 22 años en el CNI, una carrera que comenzó casi por casua- lidad. “Nunca soñé con ser agente. Era militar y eso era lo que siempre quise ser”, confiesa. Un amigo le sugirió enviar su currículum al entonces CESID (antiguo nombre del CNI), y todo encajó. Desde técnico de comunicaciones hasta tareas diversas, su trabajo fue variando con el tiempo, pero nunca lo considera glamu- roso: “No hay Aston Martins ni cócteles como en las películas de James Bond. Es un trabajo excepcional hecho por gente normal”, aclara, desmitificando el mundo del espionaje. Quizá por eso asegura que no le atraen las novelas de espías ni los artículos so- bre servicios de inteligencia: “No los leo, no porque lo desprecie, sino porque están muy lejos de la realidad”. Para él, esas his- torias son ruido: no reflejan la rutina, el sacrificio ni la humanidad de su antiguo trabajo. Esa forma honesta de ver las cosas tam- bién se reflejó en lo que vivió tras el atentado. Como único superviviente, el exagente cargó con una soledad abruma- dora. “Crees que eres el único que sufre, el que más ha perdido. Pero eso es men- tira”, reflexiona. Conocer a otras víctimas del terrorismo, como presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo de la Comunidad Valenciana, le ayudó a sanar. “Entendí que no estaba solo. Hay experiencias comunes que te hacen rela- tivizar”. Para su autor, Tres días de noviembre , además de un relato personal, es también un homenaje a quienes sirven en silencio: militares, agentes, familias que apoyan a quienes se arriesgan por los demás. “Quie- ro que el lector vea que hay personas que dan mucho por todos. No siempre la vida, pero sí la salud, la estabilidad, la tranqui- lidad”, subraya. Sus compañeros, para él, son héroes, aunque la memoria colectiva apenas los recuerde: “Tenemos que acep- tar que no es tiempo para héroes. Es así, y hay que asumirlo”. Hoy, Sánchez Riera colabora con la Gene- ralitat Valenciana, la Fundación Víctimas del Terrorismo y el Ministerio del Interior, compartiendo su testimonio en las aulas. Aunque su historia pueda parecer lejana para los jóvenes, conecta con ellos porque en sus charlas aborda lo esencial: la ver- dad, la pérdida, la dignidad. Sus pregun- tas le han ayudado a completar su propio rompecabezas emocional: “Me han hecho reflexionar sobre cosas que no había con- siderado. De alguna manera, sus pregun- tas me ayudaron también a escribir este libro”. Nunca aspiró a ser escritor. Solo quería contar su historia y cerrar ese capítu- lo. Nada más. Pero al hacerlo, Sánchez Riera descubrió que su testimonio podía acompañar a otros. “No me siento escri- tor”, insiste. Respeta demasiado el oficio como para plantearse continuar. ¿Escribir de nuevo? Lo tiene claro: no. “Ni siquiera mensajes en el móvil”, bromea. Aun así, está satisfecho con el resultado. “Quienes lo han leído dicen que es directo, que tiene ritmo, que emociona”. Ha logrado lo que se propuso, y eso, para él, es suficiente. Porque más allá de relatar lo vivido, su principal intención fue honrar a sus com- pañeros caídos y evitar que su historia se pierda en el olvido. “Crees que eres el único que sufre, el que más ha perdido. Pero eso es mentira”

RkJQdWJsaXNoZXIy NTEwODM=