FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 95
N o sé muy bien cómo comenzar esta carta. Es la primera vez que hago algo así. Para mí es como abrir una parte de mí, de mi vida, que hasta ahora muy pocos saben. Y es así porque nos enseñaron a no hablar, a no compartir con nadie por miedo, porque no sabias quien podría estar escuchando. Suena paranoico…, ¿verdad?, pero los que de verdad han sufrido todo esto saben de lo que hablo. Yo sólo viví una parte de esta historia, pero mucha gente la sufrió entera. Todos los años que España ha estado sometida a este terror, en especial los famosos años de plomo, han marcado un antes y un después en la vida de las personas que las sufrieron. Hoy me permito yo hablar un poquito de esta historia. No puedo aportar mucho, ya que no pude conocer a mi tío Antonio y a Hortensia, pero sí puedo explicar cómo, a raíz de todo esto, la vida de mi familia cambió y, por consiguiente, la mía y la de mi hermano. Ninguno de los dos conocimos a mi tío. Creo que el primer recuerdo que tengo es el de casa de mis abuelos, sus fotos por todas las habitaciones. Haces preguntas y notas una cierta tensión en sus rostros. ¿Por qué? solo te dicen que falleció y ya está. Nadie te cuenta la verdad hasta que un día te explican lo que pasó. En su momento no lo entendí. Hoy por hoy, sigo sin entenderlo. No se puede justificar una atrocidad así por defender unos ideales. Además, cabe remarcar la fecha en la que sucedió. ¿Saben lo que significa para unos niños no ver a la familia alegre en Navidad? Es muy triste. Se acercaba el día de Reyes, y mi hermano y yo estábamos contentos a la par que nerviosos. ¿Qué nos traerían los Reyes este año? Juguetes claro está, pero saben ¿qué más?: el levantarse el día de Reyes, vestirse e ir al cementerio. ¿Por qué? Porque alguien había decidido asesinar a dos personas inocentes y, si cabe joder más, el día de Reyes. Ahora me lo tomo con resignación, pero en su momento estaba enfadada, muy enfadada. Dos niños en un cementerio el día de Reyes. Y así, año tras año. Hay quien dice que hay que dejar atrás lo pasado, pero no se puede. No quiero vivir con odio, porque el odio es un lastre; pero no puedo olvidar, ni perdonar. Me imagino tantas veces cómo hubiese sido mi vida de no haber pasado todo esto. Nadie me garantiza que hubiese sido mejor, pero no me dejaron averiguarlo. Mi padre me decía que mi tío era una persona muy buena, alegre y bromista. Todo el mundo le quería. De Hortensia también me dijeron que era muy buena, siempre con una sonrisa en la cara. Solo puedo conocerlos de esa manera, a través de lo que me cuentan sus amigos y familiares. Esos familiares que se pasaron toda la vida buscando justicia y murieron sin conocer quiénes fueron los que truncaron su vida para siempre. Entre ellos, mis abuelos, que solo nos tenían a mi hermano y a mí. La vida volvió a ser injusta para todos nosotros. Mi hermano se suicidó cuando tenía 25 años. Los motivos… él se los llevó, pero estoy segura de que una parte de ellos fue a causa de todo lo vivido en la infancia. Es muy difícil entender todo esto cuando eres pequeño. Nos hemos criado en un cuartel de la guardia civil gran parte de nuestra infancia. Quien no ha vivido nunca en un cuartel no puede entender el sentimiento de hermandad que se crea. Es como una familia, para lo bueno y para lo malo. Todavía recuerdo cada vez que entraba un coche, los guardias pasando el espejo para ver si había bombas lapa. O cuando entraba a ver a mi padre a la oficina, donde todo estaba empapelado con las caras de los asesinos. Me daba miedo mirarlas. Cuando nos fuimos de allí, lo primero que le dije a mi padre fue: “Papá, aquí ya no van a ponernos una bomba, ¿verdad?”. Yo tenía 10 años. Si pienso en esos años en los que el terrorismo azotaba con fuerza, solo puedo imaginar el terror de los que allí lo vivían. He leído una y otra vez la historia de mi tío y Hortensia, recortes de periódicos de la época; hasta la película que narra ese trágico día. A mi padre nunca le pregunté por aquello. Veía el dolor en su mirada. Dolor, rabia e impotencia. A mis abuelos ya los conocí así. Mi abuelo intentaba sobrellevarlo de otra manera, pero mi abuela no. Nunca la he visto de otro color que no fuera el negro. Ahora ya no me queda nadie por parte de mi familia paterna. Mi padre murió hace casi 3 años. Sé que él hubiese venido a este acto. Siempre intentó mantener vivo el recuerdo de su hermano, pero ya no puede. Ahora soy yo la que tomo su relevo e intento que no quede en el olvido. Quiero agradecer a todas las personas que continúan esta labor, la de mantener vivo el recuerdo de todos aquellos y aquellas que murieron injustamente por una causa sin sentido. Por evitar que quede en el olvido, porque es necesario explicar a futuras generaciones lo que pasó, aunque duela, aunque no guste, aunque haga daño, para que nunca más vuelva a ocurrir algo así. Muchas gracias de corazón por dejarme participar en este acto; no me ha sido posible asistir físicamente, pero mediante esta carta quiero hacer mi pequeño homenaje a mi tío Antonio y a Hortensia. Por ellos dos, y por todos los que han muerto. ¡Un beso al cielo! Laura Ramírez 21 Sobrina de Antonio Ramírez Gallardo, asesinado por ETA el 6 de enero de 1979 en Beasáin, junto a su novia Hortensia González Ruiz.
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