FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO 96
esperaban respuestas, la desaparición se convirtió en una herida abierta imposible de cerrar. También intervino Lourdes Auzmendi, compañera sentimental de Eduardo Mo- reno Bergaretxe, conocido como Pertur, desaparecido en julio de 1976. Su testi- monio puso de relieve el impacto de una desaparición cuya resolución continúa siendo una incógnita. Décadas después, la falta de certezas mantiene vigentes muchas de las preguntas que surgieron en aquellos días. La tercera voz de la mesa fue la de Pi- lar Muro, viuda del empresario Publio Cordón, secuestrado por el GRAPO en 1995. Aunque las investigaciones permi- tieron conocer parcialmente lo ocurrido, la familia nunca ha podido recuperar sus restos. Muro relató la dureza de una búsqueda prolongada durante años y las consecuencias que genera vivir sin una respuesta definitiva. Las tres coincidieron en una idea esen- cial: la desaparición altera radicalmente la manera de afrontar la pérdida. Mientras la muerte permite iniciar un proceso de duelo, la ausencia sin explicación mantie- ne abiertas expectativas, interrogantes y emociones contradictorias. La esperanza y la desesperación conviven durante años, dificultando la posibilidad de pasar página. A lo largo del encuentro, los organizado- res reivindicaron el papel de la universi- dad como espacio de conocimiento, pero también como lugar de compromiso cívi- CURSO DE VERANO PAMPLONA co. La investigación sobre las consecuen- cias de la violencia terrorista no persigue únicamente comprender el pasado, sino ofrecer herramientas para construir una sociedad más consciente de los efectos de la intolerancia y del fanatismo. La jornada concluyó con una reflexión compartida por buena parte de los par- ticipantes: recordar a los desaparecidos es una obligación ética y democrática. Mantener viva su memoria supone reco- nocer el sufrimiento de las familias, de- fender el derecho a la verdad y evitar que el paso del tiempo termine imponiendo el silencio. Mientras permanezcan abier- tas preguntas sobre lo ocurrido y existan personas esperando respuestas, la socie- dad conserva la responsabilidad de seguir buscando, investigando y escuchando. Porque la memoria no devuelve a quienes faltan, pero sí puede impedir que desapa- rezcan también de la conciencia colecti- va. Y en esa tarea de preservar nombres, historias y dignidad, encuentros como este constituyen una aportación funda- mental para que las víctimas sigan ocu- pando el lugar que les corresponde en la memoria democrática. Recordar a los desaparecidos es una obligación ética y democrática. Mantener viva su memoria supone reconocer el sufrimiento de las familias, defender el derecho a la verdad y evitar que el paso del tiempo termine imponiendo el silencio EDUCACIÓN Y CONVIVENCIA 38
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