La V Jornada “Contar el Terror: La vida después”, organizada por la Universidad de Navarra junto a la Fundación Víctimas del Terrorismo y el Centro Memorial, reunió en Pamplona a periodistas, víctimas y expertos para reflexionar sobre cómo narrar la violencia terrorista desde la verdad, la responsabilidad y el respeto. El encuentro contó con el patrocinio del Gobierno de Navarra.
Pamplona volvió a convertirse en un espacio de reflexión sobre la memoria, el periodismo y las víctimas del terrorismo con la celebración de la quinta edición de la Jornada Contar el Terror: La vida después, una iniciativa impulsada por la Fundación Víctimas del Terrorismo y el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, organizada por la Universidad de Navarra y patrocinada por el Gobierno de Navarra.
Durante dos intensas jornadas, celebradas en la Facultad de Comunicación y el Museo Universidad de Navarra, periodistas, investigadores, estudiantes y víctimas compartieron experiencias y reflexiones en torno a una idea central: la necesidad de contar el terrorismo con rigor, huyendo del sensacionalismo y situando siempre a las víctimas en el centro del relato.
La inauguración constituyó además el primer acto oficial de Fernando Reinares como director del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo. Junto al presidente de la Fundación Víctimas del Terrorismo, Juan Benito, y la decana de la Facultad de Comunicación, Ruth Gutiérrez Delgado, abrió una edición dedicada a analizar qué ocurre después del atentado, cuando desaparecen los focos mediáticos, pero permanecen las secuelas.
«El título de esta edición nos invita a reflexionar sobre una realidad que merece toda nuestra atención: qué sucede después de un atentado terrorista y cómo afrontan las víctimas y sus familias las consecuencias de la violencia», señaló Juan Benito. El presidente de la Fundación recordó que «el terrorismo no termina cuando cesa el atentado» y que sus efectos permanecen durante años en las personas que han perdido a seres queridos o continúan conviviendo con secuelas físicas y psicológicas.
En un discurso especialmente centrado en la importancia de la memoria, Benito defendió la necesidad de mantener espacios de encuentro entre instituciones, universidades y sociedad civil para profundizar en el conocimiento del terrorismo y sus consecuencias. «Tenemos también la responsabilidad de preservar su memoria. Una memoria rigurosa, basada en la verdad, que reconozca el daño causado por el terrorismo y permita comprender sus consecuencias humanas, sociales y democráticas», afirmó.
El presidente de la Fundación puso el foco en el papel de los medios de comunicación y en la responsabilidad ética de quienes construyen el relato público de la violencia terrorista. «La manera de contar el terrorismo influye en cómo la sociedad comprende su historia y en cómo las nuevas generaciones se acercan a ella», destacó. Por ello, añadió, informar sobre esta realidad exige «rigor, sensibilidad y responsabilidad», evitando cualquier deriva sensacionalista y otorgando a las víctimas el protagonismo que les corresponde «sin contribuir nunca a la legitimación de la violencia».
También reivindicó la memoria de las víctimas como una responsabilidad democrática. «Recordar no significa permanecer anclados en el pasado. Significa reconocer lo sucedido, honrar a quienes sufrieron la violencia y transmitir a las nuevas generaciones los valores de libertad, justicia, dignidad y convivencia que el terrorismo quiso destruir».
En la misma línea, la decana de la Facultad de Comunicación, Ruth Gutiérrez, defendió una universidad comprometida con la realidad social y capaz de mirar más allá de las aulas. Ante los centenares de estudiantes asistentes, afirmó que la comunicación y el periodismo pueden convertirse en herramientas para construir convivencia y contrarrestar la lógica de la violencia.
«Si bien la violencia suele engendrar más violencia, el periodismo tiene la capacidad de contrarrestar esta dinámica construyendo verdaderos relatos de paz», señaló. A su juicio, la palabra «amable, firme y conciliadora» puede contribuir a custodiar la dignidad humana y a convertirse en la voz de quienes más han sufrido, sin caer en el resentimiento ni en la confrontación.
Por su parte, Fernando Reinares recordó que el terrorismo constituye una amenaza directa contra los fundamentos de las sociedades abiertas. «El terrorismo odia el pluralismo, la democracia, la igualdad, la tolerancia, los derechos humanos y las libertades de prensa, expresión y religión», explicó. Precisamente por ello valoró encuentros como este, que permiten seguir promoviendo los valores que encarnan las víctimas del terrorismo y reforzar la cultura democrática.
Emoción con Diane Foley y Marc Marginedas
Uno de los momentos más emotivos de la jornada llegó con la conversación protagonizada por Diane Foley, madre del periodista estadounidense James Foley, asesinado por el Estado Islámico en Siria, y el corresponsal de guerra Marc Marginedas, que compartió cautiverio con él durante su secuestro a manos de la organización terrorista.
Ante un auditorio que siguió la conversación en absoluto silencio, Diane Foley relató el encuentro que mantuvo años después con uno de los captores de su hijo. Lejos de la búsqueda de venganza, defendió el valor de la escucha y la comprensión. «Ese chico necesitaba hablar. Me di cuenta del valor enorme que es escucharnos los unos a los otros; él tenía que ser oído y yo también», recordó.
Su intervención dejó uno de los mensajes más impactantes de la jornada. «Cuando odiamos, todos perdemos», resumió, reivindicando la necesidad de mantener la «valentía moral» frente al odio, incluso después de haber sufrido una tragedia tan devastadora.
Marc Marginedas aportó la perspectiva de quien también conoció el horror del terrorismo y el secuestro. El periodista de El Periódico recordó el «tremendo sentido de la justicia» de James Foley y destacó cómo, incluso en las circunstancias más extremas, la humanidad y la solidaridad entre compañeros permitían mantener la esperanza. Asimismo, quiso reivindicar el trabajo de los reporteros independientes en las zonas de conflicto, a quienes definió como «los verdaderos héroes del periodismo».
Un lugar central para las víctimas
La segunda jornada continuó con la participación del periodista de El País Jacobo García, autor de Años luz, quien reflexionó sobre la experiencia vital y profesional de quienes narran la realidad. Durante su diálogo con la profesora María Pilar Martínez Costa recurrió a una imagen que acompaña habitualmente sus intervenciones: la mochila que cada persona lleva consigo. «Somos lo que somos en función de nuestros diferentes talentos y de nuestras mochilas», afirmó, en referencia al conjunto de experiencias que marcan la mirada y la manera de contar las historias.
La memoria de las víctimas de ETA ocupó un lugar central en la recta final de la jornada con la proyección del documental Miguel Ángel Blanco: Las 48 horas que lo cambiaron todo, seguida de un coloquio con su director, el periodista Jon Sistiaga, galardonado este año con el Premio Fernando Delgado de Periodismo de la Fundación Víctimas del Terrorismo.
Sistiaga explicó que la elección de Netflix respondía a la necesidad de llegar a las generaciones más jóvenes, muchas de las cuales apenas conocen hoy quién fue Miguel Ángel Blanco o el impacto que tuvo su asesinato en la sociedad española. El periodista alertó sobre el riesgo de una «dulce amnesia colectiva», una tendencia a dejar de contar aquello que se considera ya superado.
Los datos que observó durante la propia sesión ilustraban esa preocupación: una parte significativa de los alumnos presentes desconocía detalles fundamentales de uno de los acontecimientos que marcaron la historia reciente de España.
Para Sistiaga, la respuesta pasa por seguir narrando lo ocurrido desde la honestidad y el rigor. «He visto demasiados muertos, atentados y fosas comunes para saber que hay que poner a la víctima en el centro», afirmó. Ese principio guio también la realización de su documental sobre Miguel Ángel Blanco, cuyo objetivo era precisamente ofrecer a los jóvenes una aproximación rigurosa y humana a aquellos hechos.
«Los jóvenes se alimentan de información muy rápida, de consumo fácil, donde la economía de la atención va a titulares muy baratos. Esto hay que contárselo bien», advirtió.
Esa idea se convirtió, de alguna manera, en la conclusión compartida por todos los participantes de la V Jornada Contar el Terror. Desde experiencias tan distintas como las de Diane Foley, Marc Marginedas, Jacobo García o Jon Sistiaga surgió un mensaje común: frente al olvido, la desinformación o los relatos simplistas, la sociedad necesita un periodismo comprometido con la verdad, capaz de explicar el terrorismo sin banalizarlo, sin convertirlo en espectáculo y sin perder de vista a quienes soportaron sus consecuencias.
Porque, como quedó patente durante estas jornadas celebradas en Pamplona, contar bien el terror sigue siendo una de las mejores maneras de defender la memoria de las víctimas y fortalecer los valores democráticos que el terrorismo intentó destruir






























