FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 92
70 Juan Carlos Cuervo fue el primero en intervenir. Visiblemente emocionado, dedicó sus primeras palabras a su hijo Miguel, quien cinco años atrás había ini- ciado una investigación sobre la violencia política en la transición española, centrada en la historia de su tío Vicente. Gracias a ese trabajo, publicado en una revista de historia, conocieron a Gaizka Fernández, quien les explicó que podían solicitar toda la documentación referente al caso al Mi- nisterio del Interior. Así comenzó un pro- ceso de cinco años que culminó en febrero de 2023, cuando el Consejo de Ministros reconoció oficialmente a Vicente como víctima del terrorismo. “En realidad fue mi hijo quien empezó todo esto”, remarcó Juan Carlos. “Mi hermano tenía solo 21 años, trabaja- ba en Telefunken diseñando componentes electrónicos, era militante de la CNT y se movía en el ambiente contracultural de la Movida Madrileña, donde creaba carteles para grupos como Kaka de Lux”, relató. Juan Carlos describió a Vicente como “un joven ambicioso, extrovertido y lleno de vida, capaz de contagiar su energía a quie- nes le rodeaban”, y subrayó que lo esencial es no olvidar que su vida fue truncada. “A menudo me pregunto qué habría sido de él y cómo habría sido su futuro”. El día del atentado, el 10 de febrero de 1980, Vicente acudió al cine París de Puen- te de Vallecas, donde el sindicato de extre- ma derecha Fuerza Nacional del Trabajo había convocado un mitin que muchos vecinos consideraban una provocación. Aunque el acto había sido prohibido por el Gobernador Civil, militantes de la orga- nización acudieron y se produjeron enfren- tamientos entre diferentes grupos. Vicente corrió hacia la boca del metro de Portazgo y allí fue alcanzado por un disparo que le causó la muerte prácticamente en el acto. Sus amigos intentaron llevarlo al hospital, pero ingresó ya sin vida. La familia quedó sumida en la tristeza. Juan Carlos, el menor de cuatro herma- nos, fue enviado a casa de su tía en Getafe mientras sus padres lidiaban con su dolor y eran blanco de amenazas. “Mi madre nun- ca logró superar la pérdida de mi hermano, la recuerdo siempre llorando, y murió dos años y medio después”, explicó. A pesar de todo, Juan Carlos transmitió un mensaje de compromiso y gratitud. “Me siento afortunado de contar con com- pañeros de asociaciones de víctimas. Gra- cias a ellos, participo en el programa de testimonio en las aulas porque creo que es importante que los más jóvenes sepan que nos han vendido una transición modélica, cuando en realidad mucha gente sufrió. No solo hubo crímenes de ETA; también terror de la ultraderecha. Por eso estoy en COVITE, defendiendo la justicia: el terror es terror, sea cual sea la ideología. En el Madrid de los años 80 se mataba en las calles y se daban palizas; hay que contarlo para que la gente lo conozca”, afirmó. A continuación, tomó la palabra Aurora Intxausti y, con voz serena pero carga- da de emoción, recordó el momento en que por primera vez fue consciente de una amenaza, meses antes del atentado fallido que casi les arrebató la vida a ella y a su familia: “Yo estaba embarazada de ocho meses y aquel día me dirigía a una revisión con mi ginecóloga. En una pared cercana a la consulta vi una pintada: In- txausti txakurra . Al verla, pensé que eran tonterías, algo sin importancia. Nació mi hijo, Íñigo, y éramos una familia feliz”. La rutina cotidiana se convirtió en miedo inesperado una mañana de noviembre. Mientras vestía a su hijo para llevarle a la guardería, su marido, Juan, se adelan- tó para tener todo listo en el coche. Salió de su casa y, apenas un minuto después, regresó alarmado: en el rellano había una maceta de la que salían cables. Juan llamó a la Ertzaintza y les indicaron que se re- fugiaran en la habitación más alejada, sin saber si aquello podía explotar. Aurora se obligó a mantener la calma por su hijo. “Mientras yo lloraba, Íñigo tam- bién empezó a llorar. Entonces pensé, con absoluta frialdad, que nuestros últimos momentos no podían ser así. Me senté con él y empecé a jugar, como si nada ocu- rriera”. Poco después llegó la Ertzaintza y pudieron salir. Juan fue a declarar y ella se reunió con sus compañeros. “Pero lo más difícil”, confesó, “fue llamar a nuestros padres y explicarles que habían intentado matarnos con una bomba”. El atentado cambió sus vidas para siem- pre y les hizo replantearse abandonar San Sebastián. Las autoridades les ofrecieron
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