FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 92

71 TESTIMONIO escoltas, pero los rechazaron. “Pensé que ese no podía ser el futuro de mi hijo. No podíamos educarlo en una sociedad llena de miedo, así que nos fuimos a Madrid, donde hemos vivido estos 24 años”. El tiempo no borró las heridas, y el juicio a los terroristas, celebrado en 2024, las reabrió. “Fue terrible revivirlo, ver a cua- tro hombres ya mayores que cometieron el atentado cuando eran jóvenes. Durante años mi mente no podía asimilarlo; como si lo que nos pasó lo hubiera encerrado en una cápsula para no reconocerlo. Para mí era difícil admitir que hubo una reunión de la dirección de ETA paramatarnos, que nos siguieron, nos vigilaron y subieron a nuestro piso”, aseguró. Aurora quiso destacar también las conse- cuencias colaterales. Recordó el caso de un compañero: “Su mujer estaba embarazada de gemelos. Al escuchar la noticia por la ra- dio perdió a uno de los niños, y quince días después al otro. Son cosas que normalmente no se cuentan, pero forman parte de nuestro bagaje”. Las secuelas se extendieron a su vida familiar y social. “Mi marido y yo tenemos ya padres mayores, y de alguna manera nos perdimos una convivencia que habríamos elegido. Queríamos criar a nuestro hijo en una ciudadpequeña, desarrollar allí nuestras carreras, y de repente nos cambiaron la vida”. Añadió que la relación con los amigos fue cla- ve, mientras que en otros entornos vivieron el rechazo: “Los partidarios de los terroristas nos veían como lo que ellos justificaban en- tonces. Hoy todavía no nos quieren ver, por- que somos en vida sus muertos”. Aurora cerró su intervención con una re- flexión sobre la libertad: “En una sociedad donde no existía el diálogo, no podías ha- blar libremente. Decir lo que pensabas, escribirlo o manifestarlo en televisión te- nía consecuencias. Nosotros lo único que defendíamos era la libertad y pagamos por ello”. Juan Carlos Fernández fue el tercero en intervenir, para hablar de su hermano César, misionero salesiano asesinado en Burkina Faso en 2019. Lo describió como “una persona sencilla, austera, que vivía su fe con radicalidad”. No encontró en Es- paña un lugar donde ejercer plenamente su vocación de servicio, y en cuanto tuvo la oportunidad, partió hacia las misiones. “Siempre fue un salesiano misionero de pico y pala, de misión fundacional”, re- cordó. Su primer destino fue Togo, donde aprendió el idioma, se integró con los lo- cales y adoptó su manera de vivir. Decía que quería vivir “como un pobre entre los pobres”. Con tristeza, Juan Carlos rememoró el momento en que recibió la noticia de su asesinato. Era 15 de febrero de 2019, algo más de las nueve de la noche, cuando su hermana pequeña le llamó por teléfono: “Juan Carlos, tengo que darte una muy, muy mala noticia”. Le dijo. Al principio no podía creerlo, pero pronto llegaron los detalles: había ocurrido un ataque en una frontera y César estaba entre las víc- timas. Solo escuchar la palabra “frontera” lo hizo comprender con toda crudeza la realidad. Gracias a los salesianos en África, la familia pudo reconstruir lo sucedido. César y otros dos religiosos regresaban de una reunión en Lomé, Togo, rumbo a Uagadugú, en Burkina Faso. Una vez pasada la frontera, se toparon con una caravana de vehículos en el camino. Fueron interceptados por yihadistas, que les obligaron a aparcar. César, que se desenvolvía con soltura en las lenguas locales, explicó: “Soy misione- ro, dirijo talleres de formación y llevo 37 años aquí”. Aun así, le enviaron a hablar con otros hombres que lo interrogaron mientras él observaba cómo los terroristas quemaban vehículos y asaltaban la gasoli- nera del puesto fronterizo, donde habían matado a varios agentes. El desenlace fue trágico. César fue condu- cido a un bosquecillo, donde un disparo acabó con su vida, y los agresores se mar- charon, perdonando la del otro religioso. Este comprobó que César estaba muerto, le cerró los ojos, recogió el rosario que llevaba consigo y se dirigió hacia el otro salesiano que esperaba junto al coche. Juan Carlos se hace desde entonces una pregunta que no encuentra respuesta: “¿Cómo alguien tan bueno, que fundó es- cuelas y talleres y desarrolló una gran labor social, puede acabar asesinado? También compartió su preocupación por quienes dependían del trabajo de su hermano y que quedaron abandonados a merced de terrorismo: “¿Qué pasará con ellos, con la misión y los talleres que César había levan- tado, en una regiónmarcada por amenazas constantes a la población civil?”

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