FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 93

75 TESTIMONIO Lidia tenía 8 años cuando perdió a su padre, Bernardino Ortega. Aquel 4 de octubre de 1988, mientras cumplía su labor como policía nacional frente a las oficinas centrales del DNI en Madrid, tres terroristas del GRAPO le arrebataron la vida. Con el tiempo, Lidia ha aprendido a atesorar los recuerdos de su padre y de la familia que formaban, a revivir los instantes compartidos y a mantener vivo el ejemplo de quien siempre fue su guía y referente. Entre la infancia que le fue robada y la vida que ha construido, lleva consigo la fuerza de la memoria y la importancia de no olvidar. “Mientras recuerde a mi padre , seguirá vivo en mí. Su memoria me da fuerzas para seguir adelante” ¿Cómo se enteró de lo ocurrido aquel día? ¿Qué impacto tuvo ese momento en su forma de entender el mundo? El día del atentado no supe lo que había pasado. Una vecina me recogió del co- legio y dejó al cuidado de unos primos. La tarde transcurrió en un extraño silen- cio; nadie encendía la televisión y nadie decía palabra. Pasé la noche allí y al día siguiente en casa de unos amigos de mis padres, mi madre me dijo que a mi pa- dre le habían disparado y que estaba muy grave. Al regresar a nuestra casa, le pre- gunté a mi hermana, que entonces tenía quince años, si podríamos ir a verle al día siguiente. Entonces ella me respondió: «Olvídate, Lidi. A papá le han matado. Ya no le vas a ver más». Con el tiempo fui conociendo los detalles de lo ocurrido aquel día. Los terroristas pretendían robar carnets para falsificar identidades, habían creado un alboroto en la fila a las puertas de la comisaría y disparado a bocajarro a mi padre. Yo era una niña y no me contaban todo, pero fui descubriendo poco a poco lo que ha- bía pasado. En mi familia siempre ha existido una barrera invisible; hablamos de mi padre con naturalidad, pero sin entrar en los detalles de su asesinato ni en cómo nos sentíamos cada una. Esa ha sido nuestra manera de protegernos y de seguir adela nte f rente al dolor. LIDIA ORTEGA ORTEGA H I J A D E B E R N A R D I N O O R T E G A R A N Z S A N Z TEXTO: ANA GARCÍA ¿Cómo era su vida familiar antes de la pérdida de su padre? Éramos una familia normal, como tantas en los años ochenta. Mi madre era ama de casa y mi hermana y yo éramos niñas felices, con una vida sencilla. Mi padre era policía y, además, hacía algún traba- jo extra empapelando o pintando casas. Aun así, siempre encontraba tiempo para nosotras. Nunca estaba demasiado can- sado para jugar. Nos enseñó a montar en bici, nos llevaba al parque… Me veo patinando y a él tirando de mí para que fuera más rápido, llevándome a hom- bros mientras cogía a mi hermana de la mano. Nos recuerdo como una familia feliz, sencilla y muy unida. “Me quitaron la infancia, mi vida quedó marcada para siempre, pero no iba a permitir que me robaran nada más”

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