FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 93

76 TESTIMONIO Dice que vivió “una infancia robada”. ¿Cuándo fue realmente consciente de que su vida había cambiado para siempre? Al principio no fui del todo consciente. Todo era una vorágine de momentos y recuerdos confusos: gente entrando y saliendo de casa, mucho movimiento… Lo entendí de verdad durante el festival de Navidad del colegio. Mi madre iba vestida de negro —decidió guardar luto durante casi quince años— y mi herma- na no dejaba de llorar. Fue ahí cuando tomé conciencia del cambio tan profundo que había sufrido nuestra vida. También me marcó la primera vez que volvimos al pueblo de mi padre. Todo el mundo me decía "te acompaño en el sentimiento" y yo no entendía qué significaba. En el colegio, las miradas de mis compañeros eran distintas y eso me hizo darme cuen- ta de que ya no vivía una infancia normal. Todo se aceleró de golpe: veía a mi madre llorar, reaccionar de una manera que no reconocía, y asumía responsabilidades que no me correspondían por edad, como firmar documentos para una fe de vida con apenas diez años. Nada de aquello estaba previsto; nos habían arrebatado parte de nuestra in- fancia. Y, en los años siguientes, los tele- diarios se llenaban de noticias sobre aten- tados, como un recordatorio constante de la tragedia que nos había tocado vivir. ¿Qué es lo primero que le viene a la cabeza cuando piensa en su padre? Se me cruzan recuerdos propios con otros que me han contado, y a veces ya no sé distinguir cuáles son míos y cuáles no. Pero hay uno que sí lo es. Todas las noches, cuando me iba a dormir, venía a arroparme muy fuerte, porque yo se lo pedía, hasta casi no poder moverme. Se agachaba para darme un beso y, al ha- cerlo, se le caía el bonobús y el peine del bolsillo de la camisa. Recuerdo su olor a jabón, el juego constante, los paseos por el monte, subirme a los árboles… Crecí admirando a mi padre, y todavía hoy, cada gesto suyo y cada recuerdo me acompañan; siento que sigue cuidándo- me de alguna manera. ¿Cómo afectó el asesinato de su padre a su relación con la Policía Nacional y con la idea del “deber cumplido”? Para mí, la Policía Nacional siempre ha sido com o una exte nsión de mi familia. Es difícil de explicar, pero los siento cer- canos, casi como parte de nuestra propia vida. Con los años, además, he llegado a valorar aún más lo que significa ser poli- cía: llegar a casa, colgar el uniforme y, a la vez, ser padre, hermano, amigo… en- frentarse a todo lo que implica el trabajo y la vida personal. Es algo que me parece admirable. El GRAPO justificó sus atentados como lucha política. ¿Qué piensa cuando es- cucha justificaciones de este tipo hoy? Me provoca dos sentimientos que a ve- ces se mezclan. Por un lado, mucha pre- ocupación e impotencia. Escuchar que alguien justifica lo que pasó no cambia nada de lo ocurrido, pero sí me hace pen- sar en lo importante que es hacer todo lo posible para que no vuelva a suceder. Por otro lado, siento rabia, y no solo por las justificaciones en sí, sino también por cómo los medios o los políticos hablan de las víctimas. A veces nos tratan como si fuéramos todos iguales, un colectivo homogéneo, cuando cada historia es dis- tinta. En mi casa somos tres y ninguna pensamos igual. Cada historia es única, “Conscientemente decidí no tener rencor porque el odio es algo que consume, y yo no quiero eso para mi vida”

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