FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 93
77 TESTIMONIO cada pérdida irreparable, y todas las sen- sibilidades deben respetarse. Durante años, muchas víctimas del te- rrorismo vivieron en un silencio social incómodo. ¿Sintió también esa falta de reconocimiento o de apoyo? Yo no lo sentí. Quizá por el entorno en el que nos movíamos, siempre nos sentimos arropadas, pero con los años me he dado cuenta de que un acompañamiento psi- cológico en aquel momento nos habría sido de gran ayuda para procesar todo lo que nos estaba pasando. Ahora, con el paso del tiempo, pienso que ese apoyo nos habría venido muy bien. Muchos hijos de víctimas comparten que crecieron sintiendo que debían ser fuertes por los demás. ¿Le ocurrió algo parecido? Sí, aunque yo era muy pequeña, muchas veces me sentía así. Crecí viendo a mi ma- dre con el corazón roto y a mi hermana profundamente afectada. Con los años, he notado en ellas un rencor comprensi- ble hacia todo lo relacionado con las ideas extremistas y con quienes cometieron aquellos actos. En ese ambiente, sentía que alguien tenía que abrir una ventana, dejar entrar un poco de luz y oxígeno, así que crecí intentando ser la niña más niña posible, para traer algo de alegría y normalidad a casa. Ver cómo destrozaron por completo la vida de mi madre, que me arrebataran a mi padre y la relación que podríamos haber tenido, me hizo to- mar una decisión muy temprana: me qui- taron la infancia, mi vida quedó marcada para siempre, pero no iba a permitir que me robaran nada más. Conscientemente decidí no tener rencor porque el odio es algo que consume, y yo no quiero eso para mi vida. Cuando al- guien me dice “eres una víctima”, siempre respondo: “No, me convirtieron en vícti- ma, pero yo soy mucho más que eso”. Por eso, durante mucho tiempo, evitaba ha- blar de lo que había sucedido a mi padre. Aunque la conversación girara alrededor del terrorismo, nunca lo mencionaba a menos que me lo preguntaran directa- mente. No quería que me miraran con lástima ni que me etiquetaran. Enmedio del dolor, a veces aparece una mano que nos sostiene. ¿Hubo algo o al- guien que le ayudara a seguir adelante? El entorno familiar fue fundamental para nosotras. Además, hubo dos perso- nas que entonces yo no conocía, pero que se convirtieron en mi familia: José Luis, compañero de mi padre de toda la vida, y Ángel, que ya falleció, el capitán de poli- cía que fue superior de mi padre durante muchos años. Desde el primer momento estuvieron a nuestro lado, acompañán- donos en todo momento y dándonos su apoyo en los momentos más difíciles. Con el tiempo, ¿ha encontrado una for- ma de honrar la memoria de su padre que le haga sentir en paz? Siempre he tenido muy presente a mi pa- dre. Está en las cosas que hago con mis hijos, que hoy tienen 15 y 19 años. Para mí, mantener viva su memoria es repetir con ellos lo que él hacía con nosotras, tra- diciones que nos unían. Sigo poniendo en Navidad el belén que él compró cuando éramos pequeñas y mantengo el vínculo con el pueblo, donde me casé y donde mis hijos están bautizados. Es mi manera de seguir unida a él. ¿Siente que la sociedad española ha cambiado en su manera de mirar a las víctimas del terrorismo? Sí, aunque no del todo. En los años ochenta se asumía con naturalidad que, si la víctima era policía o guardia civil, formaba parte del oficio: “era su riesgo, era su trabajo”. Hoy existe una mayor sen- sibilidad, pero tengo la sensación de que en los últimos diez o quince años se ha ido diluyendo la memoria de lo que fue el terrorismo, de lo que podría volver a ser y de que las víctimas no hemos desapa- recido. No es algo cerrado ni una historia gastada: seguimos aquí. ¿Cree que es importante que las vícti- mas cuenten su historia con sus pro- pias palabras? Totalmente. Diría que es fundamental. Cada víctima tiene una historia única que aporta algo valioso, testimonios de vida, superación y respeto, de seguir adelante pese a los golpes que da la vida. Esto no solo sirve para recordar el terrorismo y evitar que la historia se repita, sino que también se puede aplicar a cualquier desa- fío personal. Si alguien puede reconstruir su vida tras un mazazo así, puede enfren- tarse a otros obstáculos y seguir adelante. Para quienes han vivido pérdidas como la suya, ¿hay algo que le haya servido y que quisiera compartir? A mí me ha ayudado pensar que, aunque la pérdida fue terrible, no podía quedar- me atrapada en el dolor. Me pregunté si a mi padre, que disfrutaba llevándome en bici, de excursión y haciéndome reír, le gustaría verme así, hundida. La respuesta fue clara. Mientras recuerde a mi padre, seguirá vivo en mí. Su memoria me da fuerzas para seguir adelante. Cuando piensa en su padre hoy, ¿qué emoción le acompaña más? ¿Ha cam- biado con los años? Ha cambiado mucho. Al principio era sobre todo dolor. Hoy, en cambio, lo que siento es algo distinto, difícil de explicar. No es tristeza, es más bien una sensación de calma, como si se me ensanchara el pecho, como un globo que se infla. Me siento reconfortada, acompañada, como si cada día lo tuviera a mi lado. Para finalizar, ¿cómo le gustaría que se recordara a su padre? Tal como era. Un padre entregado, una buena persona, un hombre sencillo que solo quería vivir tranquilo, ser feliz y sa- car adelante a su famil ia. “Crecí admirando a mi padre, y todavía hoy, cada gesto suyo y cada recuerdo me acompañan”
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