FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 94
T enía 15 años cuando entendió de- masiado pronto que la vida puede romperse en un segundo. Aquella noche de agosto, el reloj avanzaba con una lentitud extraña y su padre no regresaba a casa. Pilar aún recorre cada minuto de aquel día como si el tiempo se hubiera detenido. El 2 de agosto de 1975, el guardia civil Casimiro Sánchez García fue asesinado y su compañero, Ignacio Cabezón, resultó herido en un tiroteo. Ambos acababan de finalizar su turno y caminaban por la calle Juan José Bautista de Madrid cuando tres jóvenes se acercaron y abrieron fuego. Ca- simiro recibió ocho disparos. Aún intentó refugiarse en el portal de un edificio, pero murió allí mismo. Tenía 44 años, estaba casado y era padre de cuatro hijos. Nunca hubo un comunicado oficial sobre la auto- ría, pero los investigadores concluyeron que el crimen llevaba la firma de los GRAPO. Ese día permanece grabado para Pilar con una nitidez que no ha cedido al paso del tiempo. Era sábado, su padre prestaba servicio en el canódromo de la Vía Car- petana, y ella, junto a su madre, fueron a verle acompañadas por un tío, hermano de su padre, que había viajado desde Cá- ceres. Pasearon, rieron y se hicieron una fotografía que sería la última. “Nos dijo: id preparando la cena, que voy enseguida”, recuerda. Pero nunca llegó. A las diez de la noche, la inquietud creció y las versiones iniciales de accidente se transformaron en la confirmación de un atentado. Pilar y su madre llegaron al Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla sin comprender del todo lo que ocurría y, al cruzar la puerta, se encontraron con la noticia: su padre había muerto. “Recuerdo todo, hasta las horas”, dice, como si cada detalle perma- neciera intacto. A partir de ese momento, la vida familiar cambió para siempre. La muerte de Casi- miro no solo dejó un vacío imposible de llenar, sino que descolocó por completo la vida de todos en la familia. “Vivíamos en una casa cuartel y tuvimos que marchar- nos. Nos quedamos sin casa”, cuenta. “Mi madre sufrió un golpe devastador del que nunca se recuperó del todo”, relata Pilar. Los hijos reaccionaron como pudieron: el mayor dejó su trabajo y solicitó el ingre- so en la Academia de la Guardia Civil; su otro hermano hizo lo mismo un año des- pués, mientras Pilar y su hermana conti- nuaron con los estudios. “Fue un cambio total en todos los sentidos”, señala. Más allá del uniforme, Pilar guarda la imagen de un padre volcado en la familia, siempre dispuesto a pasar tiempo con ellos y preocupado por su educación y futuro. Quiso que sus hijos tuvieran oportuni- dades que él nunca tuvo y dejó su pueblo HIJA DE CASIMIRO SÁNCHEZ GARCÍA, GUARDIA CIVIL Y PRIMERA VÍCTIMA MORTAL DE LOS GRAPO PILAR SÁNCHEZ BLÁZQUEZ ` Texto: Ana García “Pase lo que pase, seguiré luchando para que el recuerdo de mi padre no caiga nunca en el olvido” natal, Herrero de Suso, en Ávila, para ofrecerles una vida mejor. “Para mí era lo máximo. Era mi figura de referencia”, admite.
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