FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 94

EDUCACIÓN Y CONVIVENCIA 24 EXPOSICIÓN GRAPO MADRID UN CAMINO DIFÍCIL La vida, sin su padre, se convirtió en un camino complicado. Su madre, ama de casa, quedó sola con cuatro adolescentes y sin saber por dónde empezar, ya que todos los trámites y responsabilidades recaían antes en Casimiro. Durante años, los hi- jos sostuvieron a la madre casi tanto como ella a ellos. “Nos cuidó, claro, pero nosotros tiramos mucho de ella. Murió hace dos años, sin haber podido superar del todo la pérdida”, explica Pilar. Además, no contaron con respaldo institucional. No recibieron ayuda ni reconocimiento, porque “en aquel tiempo ni siquiera existía la palabra víctima. Se justificaba: llevaba uni- forme, entraba en el sueldo”, señala Pilar. Nadie habló de atención psi- cológica ni de cómo convivir con la herida de una muerte violenta. El acompañamiento llegó mucho des- pués, con la Asociación de Víctimas del Terrorismo, donde encontró apo- yo y un espacio para compartir expe- riencias con quienes habían pasado por lo mismo. “En la AVT me he sen- tido siempre arropada y comprendi- da”, enfatiza. Cincuenta años después, la memoria de su padre sigue viva en la familia. Pilar nunca dejó de hablar de él a sus hijos y, cuando tuvieron edad para comprender- lo, les contó con detalle la verdad sobre lo que le había ocurrido a su abuelo. Esa ausencia y el dolor que le tocó vivir aún pesan en su vida, y por eso no perdona ni olvida: “Arrebataron la vida a una perso- na excepcional, y, con ella, me quitaron todos los momentos que hubiéramos podido compartir”. Además, le duele el silencio colectivo; tras visitar colegios e institutos y contar su experiencia, ha comprobado que muchos estudiantes apenas conocen la historia de las vícti- mas de los GRAPO. “Mi padre murió igual que tantos otros, a manos de terro- ristas. Las siglas no deberían importar”, asegura Pilar. Por eso participa en actos y encuentros, convencida de que la me- moria se defiende también alzando la voz. Al dirigirse a las nuevas generaciones, su mensaje es claro y sencillo: “que sepan la verdad, ni más ni menos, que compren- dan que hubo distintos grupos violentos y que todas las víctimas merecen respeto”. El compromiso de Pilar por mantener viva la memoria de su padre encontró un momento especial al ver su historia refle- jada en la exposición “ Cincuenta años de plomo, 1975-2025. La senda sangrienta de los GRAPO”. Asistió a la inauguración en el Centro Memorial Víctimas del Te- rrorismo de Vitoria, donde se emocionó: “Fue reconfortante escuchar hablar de mi padre y ver cómo se le reconocía como merecía”. El viaje no fue fácil: durante años había evitado desplazarse al País Vasco por los recuerdos que le desper- taba, pero finalmente decidió acudir. Llegó con el tiempo justo, recorrió la ciudad con una sensación extraña y re- gresó a casa profundamente conmovida: “Me alegré muchísimo de haber ido. El Centro Memorial es un espacio impresio- nante que honra a quienes no deben ser olvidados y que todo el mundo debiera visitar”. En la memoria de Pilar permanecen los recuerdos más cercanos y personales. A ve- ces imagina ese reencuentro imposible con su padre y reconoce con melancolía: “Si hoy pudiera sentarme a hablar con él, ne- cesitaría horas. Le daría las gracias por la vida compartida, le hablaría de sus nietos y de tantos momentos importantes en los que faltó su abrazo”. Lo sigue recordando como un padre cercano y atento, siempre dispuesto a escuchar, y añade: “Así era él”. Han pasado cincuenta años, pero para Pilar la memoria sigue en presente: “Pase lo que pase, seguiré luchando para que el recuerdo de mi padre no caiga nunca en el olvido”.

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