FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 94
5 JUAN BENITO VALENCIANO Presidente de la Fundación Víctimas del Terrorismo Las víctimas del terrorismo son, sin duda, héroes de nuestra democracia. Héroes silenciosos —porque no eligieron serlo— que, sin embargo, han demostrado una fortaleza cívica ejemplar. Gracias a ellas, nuestra democracia es más consciente de sus valores y más firme en su defensa. De ahí nace un deber moral que no prescribe: nos incumbe a todos, atraviesa generacio- nes, ideas y coyunturas políticas. Ese deber exige unidad institucional y consenso de- mocrático para una deslegitimación total del terrorismo, no solo en el terreno penal, sino también en el social, el educativo y el cultural. No hay matices posibles: donde hay violencia terrorista, solo caben la con- dena y la memoria de las víctimas. En este horizonte, la prevención de la radicalización ocupa un lugar central, especialmente entre los más jóvenes y desde edades tempranas. La radicalidad violenta se combate con educación, con cultura, con pensamiento crítico y con valores democráticos sólidos. La escuela y la universidad, junto con el arte y la cul- tura, son espacios esenciales para levantar ciudadanía, convivencia y respeto. Por eso decimos sí: sí a una juventud formada en valores democráticos; sí a una escuela que enseñe a detectar y desmontar los discursos de odio; sí a una sociedad que entiende que la convivencia se cuida y se construye cada día. Conviene detenerse aquí: si hay un ámbi- to decisivo para que la historia no se repi- ta, ese ámbito es la educación. Educar no es solo transmitir conocimientos; es ense- ñar a mirar el mundo con sentido crítico, sensibilidad y humanidad. Es aprender a convivir respetando la diversidad, com- prendiendo al otro y resolviendo los con- flictos mediante el diálogo, nunca por la imposición o la fuerza. En una era en la que la información circula a gran veloci- dad y las redes sociales pueden amplificar la intolerancia o banalizar la violencia, los jóvenes necesitan más que nunca valores firmes, criterio propio y una conciencia clara de la dignidad humana. El terrorismo —como toda forma de radi- calización violenta— se alimenta del des- conocimiento, la desinformación, el fana- tismo y la falta de empatía. Las víctimas nos enseñan lo contrario: que los derechos humanos, la libertad y la convivencia de- mocrática son bienes preciosos que hemos de proteger entre todos. Su testimonio, su coraje y su exigencia de justicia —siem- pre dentro de la ley— sostienen una lec- ción que no admite excepciones: ninguna causa merece el precio de una sola vida humana. Por todo ello, la Fundación mantiene un objetivo claro y constante: situar a las víctimas en el centro de la vida pública, defender sus derechos, preservar su me- moria y contribuir a una sociedad com- prometida con la libertad, la justicia y la dignidad. Lo hacemos de la mano de instituciones responsables y de la comu- nidad educativa que abre sus aulas a la reflexión, al testimonio y a la cultura de paz. Recordar a las víctimas del terroris- mo es, ante todo, un ejercicio de humani- dad. Y también de responsabilidad: la de levantar, día a día, un futuro más libre y justo sobre la base firme de la memoria compartida.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NTEwODM=