FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 94
61 TESTIMONIO Este año se han cumplido 30 años del asesinato de su abuelo, a quien no llegó a conocer. ¿Qué significa para usted esta fecha? El 6 de febrero de cada año y los días que lo rodean siempre están impregnados de una tristeza y un desasosiego inevitable. Es una época del año en la que la pena y la sensación de injusticia están muy presen- tes. También sirve de recordatorio sobre aquellas causas por las que merece la pena esforzarse. ¿Cuándo fue consciente de que su abuelo había sido una víctima de ETA? Un día, siendo una niña, me encontré por sorpresa a mis padres frente a la te- levisión viendo la noticia sobre el juicio a uno de los asesinos de mi abuelo. A raíz de aquello, comencé a indagar y descubrí la historia familiar. ¿Quién es Fernando Múgica para usted, más allá de su dimensión pública? ¿Cómo es la imagen que se ha formado de él con el paso del tiempo? Más allá de su perfil público, para mí es sobre todo una presencia muy viva en la memoria familiar. A través de los relatos de quienes lo conocieron, he ido constru- yendo la imagen de un hombre profun- damente comprometido con la social- democracia, a la par que cercano y muy trabajador. Con el tiempo he entendido que mi abuelo no era solo una figura política relevante, sino alguien con una enorme vocación de servicio, una gran curiosidad intelectual y un profundo sen- tido de la justicia. ¿Qué rasgo de su personalidad le habría gustado conocer directamente? Su faceta más divertida y socarrona. Me habría encantado disfrutar del sentido del humor que todo el mundo resalta de él “El atentado dejó una herida que forma parte de nuestra historia familiar y que ha trascendido entre generaciones”
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