FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 95

EDUCACIÓN Y CONVIVENCIA 28 Georgina recuerda el 25 de agosto de 2010 como el día en que la vida de su familia cambió para siempre. Su hijo, el comandante de la Guardia Civil José María, tenía 33 años cuando fue asesi- nado en Afganistán mientras participaba en una misión internacional de la OTAN destinada a la formación de fuerzas de seguridad afganas. Integrado en el Gru- po de Acción Rápida (GAR), una de las unidades de élite de la Guardia Civil especializada en la lucha antiterrorista y las operaciones de alto riesgo, había construido una carrera marcada por la vocación de servicio y el compromiso con su profesión. Aquel día, mientras impartía una clase de formación policial en la base española de Qala-i-Now, fue atacado por el conduc- tor del jefe de la policía de Badghis. José María recibió los disparos por la espalda junto al alférez Abraham Leoncio Bravo y al intérprete Attaolah Taefi, que también perdieron la vida en el atentado. “Estaba haciendo su trabajo, enseñando, ayudan- do a otros; por eso cuesta tanto entender lo que pasó”, explica Georgina. La noticia llegó a la familia en medio de la confusión. “Me dijeron que había tenido un accidente, pero yo ya presen- tía que había pasado algo grave”, señala. Poco después recibió una llamada de un compañero de su marido. “Me dijo que lo sentía mucho y ahí entendí que ya no había vuelta atrás”. La vocación de José María había apare- cido mucho antes de vestir el uniforme. Aunque procedía de un hogar con una larga tradición en la Guardia Civil — su abuelo y su padre pertenecieron al cuerpo y su hermano también es mi- litar—, su madre cuenta que aquella decisión fue completamente personal. “No sé exactamente cuándo nació esa vocación, porque nosotros no vivíamos en una casa cuartel ni en un entorno especialmente militar, pero él lo tenía muy claro”. Y en él, esa vocación convivía ya con un carácter muy definido desde la infancia. De niño destacaba por una personalidad abierta y generosa. “Era un buenazo”, re- sume su madre. Quienes le conocieron lo describen como un chico deportista, muy amigo de sus amigos y especialmente unido a sus primos. El baloncesto fi- guraba entre sus grandes pasiones. “El entrenador decía que le faltaba mala le- che”, comenta su madre entre sonrisas. Aquella bondad y una tenacidad poco común le acompañaron durante toda su vida. Tarazona de la Mancha, el pueblo natal de su madre, ocupa un lugar especial en la memoria familiar. Allí transcurrieron muchos de sus veranos y buena parte de los recuerdos que hoy conserva la fami- lia. “Todos los primos le admiraban mu- cho. Para los más pequeños se convirtió en un referente”, asegura Georgina. Aún hoy, cada 25 de agosto, la familia se reú- ne en la localidad para rendirle homena- je. El municipio lo nombró hijo adoptivo y la ciudad de Albacete le concedió el tí- tulo de hijo predilecto. VOCACIÓN DE SERVICIO Su inclinación a ayudar a los demás se hizo evidente desde muy pequeño. Geor- gina rememora que en los test psicope- dagógicos del colegio aparecía siempre la misma conclusión: una clara vocación de servicio. “En Utiel se incendió una casa donde vivían personas mayores y no dudó en entrar para ayudar”, relata. Aquella forma de entender la vida aca- baría definiendo también su trayectoria profesional. EXPOSICIÓN 11M ALBACETE GEORGINA CÓRDOBA MADRE DEL COMANDANTE DE LA GUARDIA CIVIL JOSÉ MARÍA GALERA CÓRDOBA, VÍCTIMA DEL TERRORISMO YIHADISTA EN AFGANISTÁN ` Texto: Ana García “José María se ganaba el cariño de quienes le rodeaban y siempre estaba dispuesto a ayudar” A José María la exigencia nunca lo intimidó. Por eso optó por incorporarse al GAR, una unidad cuya selección incluye algunas de las pruebas físicas más duras de la Guardia Civil

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