FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 95
EDUCACIÓN Y CONVIVENCIA 29 Tras ingresar como oficial en la Guardia Civil en el año 2000, fue asumiendo desti- nos cada vez más exigentes. Su formación lo llevó a Logroño, donde se especializó en la lucha antiterrorista, y más tarde a San Sebastián, donde conoció a quien se- ría su mujer. La pareja contrajo matrimo- nio unos meses antes de su despliegue en Afganistán, en una ceremonia celebrada en Tarazona. “Fue un día muy especial para todos”, evoca su madre. A José María la exigencia nunca lo inti- midó. Por eso optó por incorporarse al GAR, una unidad cuya selección incluye algunas de las pruebas físicas más duras de la Guardia Civil. “Encajaba perfecta- mente con su carácter”, afirma Georgina. Durante uno de aquellos entrenamientos sufrió una rotura fibrilar tras completar una marcha extremadamente exigente. “Estaba al límite, había ambulancias preparadas por si alguien necesitaba asis- tencia, pero se negó a abandonar. Llegó hasta la meta y allí cayó. Era muy tenaz”. Ese espíritu de sacrificio convivía con una personalidad cercana y familiar. “Era muy disciplinado, pero también muy simpático, muy chistoso. Se hacía querer por todo el mundo”. Entre los recuerdos que conserva Georgina destaca la imagen de aquel joven oficial invitando a toda la familia a la celebración del Día del Pilar en su primer destino, Utiel. “Nunca deja- ba de estar pendiente de los suyos. Somos una familia muy unida y él disfrutaba muchísimo de esos momentos”. Cuando llegó el día de partir hacia Afga- nistán, la preocupación fue inevitable. Más aún porque su hermano menor, en- tonces destinado en la Legión, también se encontraba en aquel país. Sin embargo, el guardia civil trataba de tranquilizar a los suyos. “Nos decía que quien debía tener cuidado era su hermano, porque él estaba dentro de una base impartiendo formación”. Nadie podía imaginar que el peligro llegaría precisamente allí. Han pasado casi dieciséis años desde aquel atentado, pero Georgina asegura que hay heridas que nunca terminan de cerrarse. “La muerte de un hijo te mata. Sigues respirando porque tienes que se- guir viviendo, pero el corazón se rompe. Es el alma lo que duele”. A veces observa cómo los compañeros de promoción de José María han continuado ascendiendo en la carrera militar y no puede evitar pensar en todo lo que le quedó por vivir. Aun así, encuentra consuelo en el recuer- do que conservan quienes compartieron camino con él. Sus compañeros impulsa- ron que una residencia militar de Soria lleve hoy su nombre: Residencia de Uni- dad de Soria «Comandante José María Galera Córdoba». “Eso demuestra que no le han olvidado”, afirma emocionada. También valora especialmente cual- quier iniciativa dedicada a preservar la memoria de las víctimas del terroris- mo, convencida de que recordar sigue siendo necesario. “No se trata solo de mi hijo. Hay muchas familias que han pasado por lo mismo. Si dejamos que estas historias se olviden, las nuevas generaciones no entenderán el precio que pagaron tantas personas”, subraya. Esa necesidad de mantener viva la me- moria va acompañada de una reflexión sobre el reconocimiento a quienes sirven en misiones internacionales. “A veces pa- rece que se recuerda más a unas víctimas que a otras, y todas merecen el mismo respeto”. Confiesa además que, desde que perdió a su hijo, mira de otra manera a quienes visten uniforme. “Cuando veo a un guardia civil joven me produce una gran ternura. Me dan ganas de abrazarlo”. La imagen que Georgina quiere que se conserve de José María es la de un jo- ven cercano y generoso, entregado a su trabajo y muy unido a su familia. “Como una buena persona que es lo que era”, responde sin dudar. “Tenía una facilidad natural para ganarse el cariño de quienes le rodeaban y una actitud siempre dis- puesta a ayudar”. Después añade una fra- se que resume buena parte de su dolor: “Y como a un hombre que no se merecía que le dispararan por la espalda”. Para Georgina, su hijo sigue muy presen- te. El tiempo le ha enseñado a convivir con la ausencia, aunque nunca a acep- tarla del todo. “La muerte de un hijo no se supera nunca”, dice con serenidad. “Se pasa por diferentes etapas, pero una par- te de ti muere con él para siempre”. “Tenía una facilidad natural para ganarse el cariño de quienes le rodeaban y una actitud siempre dispuesta a ayudar”
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