FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 95

4 APUNTE EDITORIAL MEMORIA, EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA: LEGADO IRRENUNCIABLE DE LAS VÍCTIMAS DEL TERRORISMO El terrorismo no fue una abstracción: fue una violencia concreta que intentó quebrar la convivencia, silenciar a la sociedad y doblegar al Estado de derecho. No lo consiguió La memoria de las víctimas del terro- rismo no es un ejercicio conmemorativo más. Es, ante todo, un imperativo ético, una responsabilidad democrática y una herramienta educativa imprescindible para construir una sociedad más libre, más consciente y más resistente frente a la barbarie. En un tiempo marcado por transformaciones profundas y por nue- vas formas de radicalización violenta, recordar no es solo un deber con el pa- sado, sino una condición para proteger el futuro. España conoce bien el coste del terroris- mo. Más de 1.450 personas asesinadas, miles de heridos y generaciones enteras condicionadas por el miedo, la amena- za y la pérdida. Detrás de cada cifra hay historias humanas: vidas truncadas, fa- milias devastadas, hijos que crecieron sin sus padres, padres que enterraron a sus hijos. El terrorismo no fue una abs- tracción: fue una violencia concreta que intentó quebrar la convivencia, silenciar a la sociedad y doblegar al Estado de de- recho. No lo consiguió. No lo consiguió porque hubo ciudadanos que resistieron, servidores públicos que dieron su vida en defensa de la libertad y víctimas que, incluso desde el dolor más profundo, respondieron con una digni- dad ejemplar. Esa dignidad constituye hoy la conciencia moral de nuestra de- mocracia. Por ello, España mantiene con las víctimas una deuda permanente: una deuda que no prescribe, que no puede someterse a coyunturas políticas y que compromete al conjunto de la sociedad. La memoria, en este contexto, no puede ser selectiva ni acomodaticia. Debe asen- tarse en la verdad: hubo víctimas y hubo verdugos; hubo quienes sembraron terror y quienes lo padecieron. Sin esta claridad moral, cualquier intento de relato resulta incompleto y abre la puerta a la banaliza- ción o la equidistancia. Y la banalización del terrorismo no es solo una injusticia con las víctimas: es un riesgo para la ca- lidad democrática. Aún hoy, más de 300 atentados perma- necen sin resolver. Mientras existan fa- milias sin respuestas, la herida seguirá abierta. La memoria, por tanto, no es solo recuerdo; es también una exigen- cia de justicia. Del mismo modo, persisten situaciones que provocan un profundo desgarro moral: homenajes a terroristas, actos de exaltación o tratamientos desiguales en el reconocimiento de las víctimas. Estos hechos no solo hieren a quienes ya lo han perdido todo, sino que debilitan el com- promiso colectivo con la verdad. Frente a ello, la respuesta debe ser inequí- voca: respeto, dignidad y memoria. Pero también educación.

RkJQdWJsaXNoZXIy NTEwODM=