FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO NÚMERO 95

5 JUAN BENITO VALENCIANO Presidente de la Fundación Víctimas del Terrorismo Aún hoy, más de 300 atentados permanecen sin resolver. Mientras existan familias sin respuestas, la herida seguirá abierta. La memoria, por tanto, no es solo recuerdo; es también una exigencia de justicia Porque si algo ha enseñado la experiencia española es que la lucha contra el terro- rismo no puede reducirse a una cuestión de seguridad. Es, ante todo, una defensa de valores: la libertad, la convivencia, el pluralismo y el respeto a la dignidad hu- mana. Y esos valores solo se consolidan plenamente cuando se transmiten de ge- neración en generación. Educar en memoria es, en este senti- do, una tarea esencial. No se trata de alimentar el resentimiento ni de per- petuar el dolor, sino de formar ciuda- danos libres y conscientes. De explicar a los jóvenes qué fue el terrorismo, qué consecuencias tuvo y por qué jamás puede encontrar justificación política, ideológica o moral. De dotarles de herra- mientas éticas para reconocer y rechazar cualquier forma de violencia. Las aulas, los espacios académicos y los foros de reflexión desempeñan aquí un papel insustituible. Iniciativas como los cursos universitarios sobre terrorismo y radicalización violenta, organizados en co- laboración con instituciones académicas y centros dememoria, son ejemplos de cómo el conocimiento riguroso y el compromiso cívico deben caminar juntos. En ellos se analizan las nuevas amenazas, la evolución del terrorismo yihadista, los procesos de ra- dicalización o el impacto de las tecnologías en la difusión del odio. Pero, sobre todo, se coloca a las víctimas en el centro del relato. Porque ninguna estrategia antiterrorista es- tará completa si olvida a las víctimas. Su tes- timonio no es solomemoria viva: es también una herramienta pedagógica de enorme va- lor. Escuchar a quienes sufrieron la violen- cia permite humanizar la historia, evitar su distorsión y transmitir una verdad que los datos, por sí solos, no alcanzan a expresar. Además, el contexto actual refuerza la urgencia de esta tarea. El terrorismo ha demostrado una notable capacidad de adaptación: cambia de formas, de esce- narios y de métodos, pero mantiene in- tacta su esencia criminal. Las sociedades democráticas no pueden permitirse la indiferencia ni el olvido ante estas ame- nazas. La defensa de la libertad exige inteligencia, cooperación internacional y coordinación institucional, pero también requiere memoria, claridad moral y com- promiso ciudadano. Existe, asimismo, un riesgo creciente: el paso del tiempo puede conducir a la trivialización del terrorismo, especial- mente entre quienes no lo vivieron direc- tamente. Sin una pedagogía activa, esa distancia generacional puede erosionar las defensas éticas de la sociedad. Y una sociedad que desconoce su pasado corre el peligro de repetirlo. Por ello, iniciativas de memoria —como exposiciones conmemorativas, programas educativos o testimonios en primera per- sona— no son actos simbólicos aislados, sino piezas fundamentales de una política pública orientada a fortalecer la democra- cia. Honrar a las víctimas no solo las dig- nifica a ellas; fortalece a toda la sociedad. La memoria, entendida así, no es un ejer- cicio de nostalgia ni un anclaje en el dolor. Es un compromiso con la verdad, la justi- cia y la educación. Es una forma de resis- tencia frente al olvido y frente a cualquier intento de reinterpretar la violencia. Y es, sobre todo, una garantía de futuro. En definitiva, educar en memoria es edu- car en libertad. Y solo desde esa concien- cia colectiva podremos asegurar que el terror no encuentre nunca más espacio en nuestra historia.

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