FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO 96

EDUCACIÓN Y CONVIVENCIA 25 de ellas la sacó del tren y permaneció a su lado, dándole ánimo constantemente. Fue trasladada al Hospital Gregorio Ma- rañón y permaneció cinco días sedada. Cuando despertó, no sabía qué había ocurrido. No podía moverse, había per- dido la audición y tenía graves lesiones. Días más tarde, supo que su marido ha- bía pasado horas buscando información en hospitales y en IFEMA, sin encontrar- la inicialmente porque su apellido estaba mal escrito en las listas de heridos. La recuperación fue larga y dolorosa. Es- ther pasó 19 días en cuidados intensivos y tuvo que someterse posteriormente a 13 operaciones. En aquellos primeros días apenas podía comunicarse con su familia. Su marido le llevó dos fotogra- fías de sus hijos, pero al principio ni si- quiera los reconoció. “Imaginaos lo que significa para una madre no acordarse de sus propios hijos”, relató. A partir de ese momento, comenzó a marcarse pequeñas metas y a entender cada prueba médica como parte de su recuperación. Y tomó una decisión que marcó su manera de afrontar lo sucedido: “Si salgo adelante, voy a luchar con todas mis fuerzas para que nadie en el mundo tenga que vivir lo que estoy yo viviendo”. Esa decisión también ha influido en la forma de educar a sus hijos. “Lo tenía muy fácil enseñarles a odiar, pero yo no quería convertirlos en la misma clase de personas que me pusieron a mí la bom- ba”, confiesa Esther. Por eso defiende la tolerancia, el respeto a quien piensa di- ferente y la convivencia. “No creo en el ojo por ojo”, afirmó. Su compromiso con ese mensaje la lle- vó también a participar en el programa Testimonio en las Aulas. Allí, ante los jóvenes, intenta transmitir una idea que resume su forma de responder a la violencia: “Nosotros podemos cambiarlo todo”. EL TESTIMONIO COMO HERRAMIENTA DE PREVENCIÓN Esta labor de acercar sus experiencias a los más jóvenes la comparte con Alicia, también participante en Testimonio en las Aulas. Ambas trasladan a los estudiantes lo que supuso la violencia terrorista para ellas y para sus familias, una experiencia que los tres participantes consideraron fundamental para mantener viva la me- moria. Coincidieron así en que hablar de lo sucedido con las nuevas generaciones no solo permite conocer sus consecuen- cias, sino también contribuir a prevenir que vuelvan a repetirse. Para Alicia, contar su experiencia a los jó- venes también fue una manera de romper el silencio que había acompañado duran- te tanto tiempo la historia de su padre. Frente a los adolescentes, intenta que comprendan que “detrás de una noticia sobre un atentado hay personas concretas y familias cuya vida cambia para siempre”. Su mensaje parte de una convicción senci- lla: ninguna causa, por legítima que pueda parecer, puede justificar la violencia y todo puede defenderse mediante la palabra. Esther vive esos encuentros como una oportunidad para plantear a los alumnos qué harían si algún día tuvieran delante a las personas que les han causado un daño irreparable. La respuesta, para ella, no puede ser reproducir la misma violencia. También habla de la posibili- dad de perdonar, aunque entiende que se trata de una decisión personal. Su ob- jetivo es que “los jóvenes comprendan que tienen capacidad tanto para hacer el bien como para hacer daño” y que, en última instancia, “son ellos quienes deci- den qué camino seguir”, enfatizó. Víctor, por su parte, quiso poner el acen- to en el papel de las redes sociales y en cómo pueden dificultar la transmisión de esa memoria. A su juicio, el terro- rismo y otros conflictos se abordan con frecuencia desde una perspectiva super- ficial, sin conocer realmente lo que su- pone sufrir sus consecuencias. Frente a esa distancia, defendió el valor del testi- monio directo, capaz de poner nombre y rostro a una realidad que, de otro modo, corre el riesgo de quedar reducida a ci- fras o titulares. UNA HISTORIA QUE NO TERMINA Para quienes han vivido un atentado, el paso del tiempo no significa que sus efec- tos desaparezcan. Esther explica que los nuevos ataques pueden hacer regresar re- cuerdos y provocar episodios relacionados con el estrés postraumático. Las imáge- nes de aquel 11 de marzo siguen formando parte de su vida y, aunque ha aprendido a convivir con ellas, no dejan de existir. Los atentados del 11 de septiembre y, es- pecialmente, el 11-M hicieron que Víctor pensara en su propia experiencia y en las familias que buscaban a sus seres queri- dos. Alicia, por su parte, rememoró los años de violencia de ETA y la reacción de su madre cada vez que se producía un atentado. La especial sensibilidad de Alicia hacia los niños que pierden a sus padres nace de su propia historia y de una infancia marcada por una ausencia que siempre le acompañó. Los tres testimonios dejaron patente que la violencia terrorista no termina con la explosión ni cuando desaparece de los titulares. Sus consecuencias permane- cen en las familias, los recuerdos y las generaciones posteriores. Por eso, para Alicia, Víctor y Esther, contar lo ocurri- do es también defender la memoria de quienes sufrieron y transmitir una idea esencial: ninguna causa o convicción justifica atentar contra la vida de otra persona. María Esther Sáez Herida en los atentados del 11-M

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