FUNDACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO 96

EDUCACIÓN Y CONVIVENCIA 24 Durante muchos años, ella misma per- maneció callada. Fue la recuperación de la historia del atentado y el trabajo de investigación y memoria lo que la llevó a cuestionarse ese silencio. “Me sentí impulsada, empujada a hablar”, contó. A partir de entonces, comenzó a reivindi- car públicamente la memoria de su padre y la de las demás víctimas. Para Alicia, “la memoria no es solamente un acto de justicia”, sino también “un compromiso moral con la verdad”. VÍCTOR PAVÓN: CRECER CON UNA AUSENCIA La tarde del 12 de abril de 1985, Víctor estaba en la terraza del restaurante El Descanso jugando con unos cochecitos mientras esperaba con sus padres y unos amigos de la familia para entrar a cele- brar un cumpleaños. Tenía tres años y medio. Lo siguiente que recuerda es un destello y, después, el polvo, los escom- bros y los gritos. Su padre consiguió encontrarlo y ambos entraron en el local para buscar a su ma- dre, que había pasado al interior poco antes para preguntar cuánto faltaba para que les dieran la mesa y para ir al baño. Ella no sobrevivió a la explosión. Lo que ocurrió después quedó marca- do por la falta de explicaciones. Víctor cuenta que nunca habló detenidamente con su familia sobre lo sucedido y que el tema se convirtió en un tabú. “Nunca me TESTIMONIOS Hablar de aquel día significa para Alicia hablar también del hombre que era su padre antes de convertirse en una víc- tima del terrorismo. Lo recuerda como una persona joven, cariñosa, alegre y muy familiar, con un gran sentido del humor y pasión por la cocina. Había empezado a trabajar como cocinero después del servicio militar y soñaba con abrir algún día su propio restaurante. Sus dos hijas, Sara y Alicia, eran enton- ces el centro de su vida. Aquella mañana salió de casa como cualquier otro día y su mujer lo despidió desde el balcón. Un gesto cotidiano que ninguno de los dos imaginó que sería el último. Durante las primeras horas, la familia pensó que Francisco volvería. Cuando conocieron la magnitud del atentado, comenzaron a buscarlo en distintos hos- pitales. Finalmente supieron que había fallecido mientras era trasladado en una ambulancia y que había podido ser identificado por su alianza de boda. A partir de ese momento, la vida familiar cambió por completo. En casa quedaron los silencios, la tristeza y una rabia que Alicia, siendo todavía una niña, no sabía explicar. Con el paso de los años, el silencio se convirtió en una de las cuestiones que más pesaron sobre ella. “El silencio y las mentiras”, explicó al recordar aquella etapa. ETA había negado inicialmente su responsabilidad en el atentado y la familia llegó a pensar durante años que los culpables habían sido otros. No fue hasta 2018, 44 años después, cuando la organización terrorista reconoció el atentado. Pero las consecuencias fueron más allá de la incertidumbre sobre lo ocurrido. Alicia recordó que su familia tampoco recibió ayuda para afrontar la pérdida. “Nunca tuvimos en ese momento asis- tencia psicológica, económica, ni un si- quiera un ‘cómo estáis’”. Y resumió esta situación con una frase que refleja cómo vivieron aquellos primeros años: “El día que mi padre no volvió a casa, cerramos la puerta y nadie llamó a ella”. Víctor Pavón Hijo de María de la Cruz García he sentado con mi familia para tratar el tema”, señaló. Mientras tanto, él seguía preguntando por su madre y su padre le decía que “ya vendría”, sin llegar a expli- carle que había muerto. La tragedia también cambió la relación con su padre. Aunque no sufrió heridas físicas, quedó completamente hundido y fueron sus abuelos y otros familiares quienes tuvieron que hacerse cargo de Víctor. Él lo resume de una forma espe- cialmente contundente: “Ese día yo perdí una madre y un padre porque él dejó de ejercer como tal”. Años después, su experiencia le ha lle- vado a insistir en que las consecuencias del terrorismo no terminan con las per- sonas que pierden la vida. “La víctima no es solo la persona que fallece, sino todos los que la rodean”, aseguró. También rei- vindicó la necesidad de que los menores reciban ayuda psicológica y acompaña- miento, algo que él y su familia no tuvie- ron entonces. “No había protocolos para las víctimas”, indicó al hablar de aquella falta de apoyo, especialmente lamentable en el caso de los niños. Para Víctor, contar ahora lo ocurrido tam- bién supone poner palabras a una experien- cia que durante años permaneció dentro de su familia. Su testimonio busca recordar que detrás de cada atentado hay también niños que crecen con una pérdida y familias que tienen que aprender a vivir con ella. MARÍA ESTHER SÁEZ: LAMENTARSE O LUCHAR Esther recuerda aquella mañana del 11 de marzo desde el interior de un vagón de tren. En él viajaban alrededor de 50 personas y, según explicó, prácticamente todas murieron. Ella sobrevivió, pero su- frió heridas de extrema gravedad. A diferencia de otros supervivientes, nunca perdió el conocimiento. Recuerda el agujero abierto en el tren, los cuerpos que la rodeaban y la sensación de que al- guien había querido acabar con su vida. Pero también recuerda a las personas que entraron en el vagón para rescatarla. Una

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