40 aniversario del atentado en la Plaza de la República Dominicana
La Asociación Pro Huérfanos de la Guardia Civil acoge la exposición “12 Vidas. Una herida permanente”, que rinde homenaje a los doce agentes asesinados en el atentado de la plaza de la República Dominicana el 14 de julio de 1986 y reivindica la memoria de las víctimas como un compromiso colectivo frente al olvido
Hay nombres que nunca deberían convertirse en una cifra. Jóvenes guardias civiles, la mayoría poco más que veinteañeros, salieron la mañana del 14 de julio de 1986 hacia una jornada de prácticas de tráfico. Doce de ellos no regresaron. ETA había preparado en el distrito de Chamartín de Madrid uno de los atentados más devastadores de su historia: un coche bomba cargado con explosivos y metralla que acabó con la vida de los agentes y dejó más de sesenta heridos. Cuarenta años después, sus rostros, sus historias y sus sueños truncados vuelven a ocupar el lugar que les corresponde: el centro de la memoria.
Hasta el próximo 24 de julio, la exposición permanecerá en Principe de Vergara, 248 (Madrid), una muestra organizada por el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y la Fundación Víctimas del Terrorismo, que constituye un homenaje a los guardias civiles asesinados y a los heridos, algunos de los cuales arrastran todavía las consecuencias físicas y psicológicas de aquel atentado que marcó para siempre a la Guardia Civil y a la sociedad española.
Fotografías, documentos históricos, objetos personales, testimonios y materiales gráficos conforman un recorrido que trasciende la simple narración de los hechos. La exposición busca poner rostro a las víctimas, recuperar sus historias personales y recordar que detrás de cada atentado existen vidas interrumpidas, familias rotas y heridas que el paso del tiempo no logra cerrar.
El acto inaugural reunió al presidente de la Asociación Pro Huérfanos de la Guardia Civil, el general Jaime Cereceda; al director del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, Florencio Domínguez; y al vicepresidente de la Fundación Víctimas del Terrorismo, Francisco Javier López, quien intervino en representación del presidente de la entidad, Juan Benito Valenciano. Entre los asistentes se encontraban familiares de las víctimas, miembros de la Guardia Civil y representantes de distintas instituciones vinculadas a la memoria y el reconocimiento de las víctimas del terrorismo.
Cuando la memoria tiene nombre y apellidos
La intervención más emotiva de la jornada correspondió al general Jaime Cereceda, cuya propia memoria personal quedó unida para siempre a aquella tragedia.
“Hay días que quedan grabados para siempre en la memoria de una persona. Días que, aunque el calendario siga avanzando, permanecen intactos en nuestro interior”, recordó al inicio de su discurso. Apenas unos días antes del atentado había recibido el despacho de alférez de la Guardia Civil y disfrutaba de su permiso de verano. La noticia de la masacre le sorprendió cuando apenas comenzaba su carrera profesional.
Cereceda confesó que nunca imaginó que la segunda vez que vestiría el uniforme sería para asistir al funeral de doce compañeros asesinados. Cuatro décadas después, dijo, tampoco habría imaginado que le correspondería inaugurar una exposición dedicada a honrar su memoria.
El presidente de la Asociación insistió en el profundo valor humano del proyecto expositivo. “Una fotografía nos mira. Un objeto cotidiano nos habla de una vida interrumpida. Un nombre deja de ser una estadística para convertirse en una persona”, afirmó ante los asistentes.
La exposición, explicó, no es únicamente una recopilación documental. Es un espacio de encuentro con quienes ya no pueden hablar, pero cuya presencia sigue viva en el recuerdo de sus familiares y compañeros.
Durante buena parte de su intervención dirigió sus palabras a las víctimas y a sus familias, especialmente a quienes crecieron sin un padre o una madre debido al terrorismo. Recordó el vacío permanente que deja la ausencia y destacó la fortaleza de quienes han transformado el dolor en un compromiso con la memoria.
“Mientras pronunciemos sus nombres, mientras contemos sus historias y mientras las nuevas generaciones conozcan quiénes fueron, las víctimas seguirán ocupando el lugar que les corresponde: el de la memoria, la dignidad y la justicia”, concluyó.
El atentado que cambió una estrategia terrorista
Tras las palabras de bienvenida, Florencio Domínguez situó el atentado de la plaza de la República Dominicana dentro de la evolución de la estrategia terrorista de ETA durante la década de los ochenta.
El director del Centro Memorial recordó que la organización inició entonces una nueva fase caracterizada por la creación de comandos estables en grandes ciudades y por la utilización sistemática del coche bomba como instrumento de terror masivo.
“En 1985 ETA decide crear células en Madrid y Barcelona y utilizar coches bomba”, explicó. La magnitud del cambio queda reflejada en los datos aportados por Domínguez: “Entre 1980 y 1984 ETA puso cinco coches bomba. Entre 1985 y 1988, la cifra se elevó a treinta y uno”.
La matanza de la plaza de la República Dominicana representó uno de los ejemplos más brutales de esa nueva estrategia. A las 7:45 de la mañana del 14 de julio de 1986, ETA hizo explotar una furgoneta cargada con 35 kilos de explosivos al paso de un convoy de la Guardia Civil formado por un autobús, un microbús y un vehículo de escolta. Los agentes se dirigían a realizar prácticas de conducción.
Como ya se ha apuntado anteriormente, doce guardias civiles murieron como consecuencia de la explosión y sesenta personas resultaron heridas, entre ellas cuarenta y tres miembros del Instituto Armado. El atentado causó además importantes daños materiales en viviendas, comercios y vehículos de la zona. Fue el ataque más sangriento perpetrado por ETA contra la Guardia Civil.
La exposición reconstruye aquel episodio mediante documentos históricos y materiales que permiten comprender tanto la planificación del atentado como sus devastadoras consecuencias humanas.
“Las víctimas no son números en una estadística”
La inauguración concluyó con la intervención de Francisco Javier López, vicepresidente de la Fundación Víctimas del Terrorismo, quien puso el foco en las personas que se esconden detrás de los datos y las cifras.
“Esta exposición nace de un profundo deber de memoria, de gratitud y de justicia”, señaló. “Mira al pasado no para quedarse en él, sino para comprenderlo, transmitirlo y convertirlo en una enseñanza permanente para las generaciones presentes y futuras”.
López recordó que el atentado no sólo acabó con doce vidas, sino que destruyó proyectos vitales y marcó para siempre a decenas de familias.
“Las víctimas no son números en una estadística ni referencias en una página de historia. Fueron personas que tenían familias, amigos, aspiraciones y un compromiso de servicio con España”, afirmó. “La herida causada por el terrorismo no terminó con la explosión”.
Uno de los aspectos más destacados de su intervención fue el reconocimiento a los supervivientes. El vicepresidente de la Fundación recordó que la historia del atentado también pertenece a quienes vivieron aquella explosión y tuvieron que reconstruir sus vidas entre secuelas físicas, estrés postraumático y recuerdos imborrables.
“Queremos rendir homenaje a quienes aprendieron a convivir con el dolor visible y con el invisible”, señaló. “Su sufrimiento forma parte inseparable de esta historia y merece el mismo reconocimiento y respeto”.
Asimismo, defendió el carácter pedagógico de la muestra, especialmente para las generaciones más jóvenes, que no conocieron los años de violencia terrorista.
“Recordar significa educar. Significa transmitir valores. Significa explicar que ninguna causa política, ideológica o identitaria puede justificar jamás el asesinato, la amenaza o la violencia”, afirmó.
Doce vidas que siguen presentes
El recorrido expositivo devuelve la identidad a los doce agentes asesinados: Carmelo Bella Álamo, José Calvo Gutiérrez, Miguel Ángel Cornejo Ros, Jesús María Freixes Montes, Jesús Jiménez Jimeno, Andrés José Fernández Pertierra, José Joaquín García Ruiz, Santiago Iglesias Godino, Antonio Lancharro Reyes, Javier Esteban Plaza, Miguel Ángel de la Higuera López y Juan Ignacio Calvo Guerrero.
Muchos apenas llevaban unos meses en la Guardia Civil. Algunos tenían 19 o 20 años. Otros acababan de iniciar una nueva etapa profesional o familiar. Todos compartían una misma vocación de servicio.
Además, la muestra se enmarca además en las iniciativas impulsadas para preservar la memoria de uno de los atentados más significativos de la historia reciente de España. Desde 2023, el Ministerio del Interior estableció el 14 de julio como Día de la Memoria y Recuerdo a las Víctimas del Terrorismo en la Guardia Civil, precisamente en recuerdo de los asesinados en la plaza de la República Dominicana.
Ese compromiso con la memoria atraviesa toda la exposición. No se trata únicamente de recordar lo sucedido hace cuarenta años, sino de transmitir a las nuevas generaciones el significado de aquellas vidas truncadas y el valor de quienes defendieron la libertad frente al terrorismo.
Al recorrer la muestra, el visitante descubre que la herida sigue abierta para muchas familias, pero también que la memoria puede convertirse en una forma de justicia. Porque detrás de cada panel, de cada fotografía y de cada documento permanece una misma convicción: que las víctimas deben seguir ocupando un lugar central en la conciencia colectiva.
“12 vidas. Una herida permanente” es, en definitiva, mucho más que una exposición. Es un homenaje a quienes fueron asesinados, un reconocimiento a quienes sobrevivieron y una invitación a toda la sociedad para mantener viva una memoria que pertenece a todos. Porque, como se recordó durante la inauguración, el olvido nunca puede ser el destino de las víctimas.

































