El Curso de Verano organizado por la Universidad del País Vasco, el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y la Fundación Víctimas del Terrorismo reunió en San Sebastián a expertos, académicos y testigos de una etapa marcada por la coacción de ETA. Tres rectores de la UPV/EHU reflexionaron sobre la respuesta de la institución ante el terrorismo y sobre los retos que hoy plantean la intolerancia y la polarización en los campus.

Hubo un tiempo en que dar clase en el País Vasco exigía algo más que vocación académica. Profesores escoltados, docentes obligados a abandonar su tierra y estudiantes familiarizados con un clima de intimidación formaron parte de la realidad que ETA impuso durante décadas también en la universidad.

Aquella experiencia y sus consecuencias centraron buena parte de las reflexiones del Curso de Verano “La violencia contra la Universidad”, organizado por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y la Fundación Víctimas del Terrorismo, celebrado los días 3 y 4 de septiembre en el Palacio Miramar de San Sebastián.

El encuentro abordó distintas manifestaciones de violencia política e intolerancia sufridas por las instituciones académicas en Europa y España. Sin embargo, el foco principal se situó en el caso vasco, donde la presión terrorista condicionó durante años la vida universitaria y puso a prueba valores esenciales como la libertad, el pluralismo y la convivencia.

Durante la inauguración, el presidente de la Fundación Víctimas del Terrorismo, Juan Benito Valenciano, subrayó el papel de la educación en la construcción de una sociedad comprometida con los valores democráticos y el reconocimiento de las víctimas.

“La educación debe desempeñar un papel clave en la construcción de una sociedad que rechace la violencia, que se base en valores cívicos y democráticos, y que reconozca sin ningún tipo de ambigüedad el dolor de las víctimas del terrorismo”.

Valenciano destacó además el valor del diálogo entre instituciones, académicos, docentes y víctimas como herramienta para fortalecer una sociedad más informada, justa y humana.

Rectores ante la memoria y el presente

Uno de los momentos más destacados del curso fue la mesa redonda que reunió al actual rector de la UPV/EHU, Joxerramon Bengoetxea, a la exrectora Eva Ferreira y a Pello Salaburu, máximo responsable de la universidad entre 1996 y 2000, en algunos de los años más duros de la actividad terrorista.

El diálogo permitió confrontar experiencias de distintas etapas históricas y analizar cómo la institución respondió a episodios de violencia e intolerancia que afectaron a la convivencia universitaria. De la conversación emergieron reflexiones sobre la capacidad de la universidad para reaccionar ante amenazas contra la libertad y el pluralismo.

La frase más contundente llegó de la mano de Salaburu:

“La Universidad fue incapaz de enarbolar la bandera de la decencia y reivindicar que este era el sitio donde se piensa y no donde se tira con bala”.

Sus palabras evocaron algunos de los momentos más difíciles vividos por la comunidad académica vasca. Entre ellos, el asesinato en febrero de 1996 del catedrático de Historia del Derecho y expresidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente. Días después del atentado, la Universidad del País Vasco organizó en el campus de Leioa un acto de homenaje que fue objeto de intentos de boicot por parte de grupos radicales.

Aquel escenario dio lugar al recordado discurso “No pasarán”, pronunciado por Salaburu y convertido con el tiempo en uno de los símbolos de la resistencia de la universidad frente al terrorismo y la intimidación.

La mesa también abordó debates más recientes relacionados con la gestión de la conflictividad política en los campus. Entre ellos se recordó la decisión adoptada el pasado curso por el Rectorado de suspender temporalmente la actividad presencial en el campus de Vitoria ante el riesgo de incidentes durante una convocatoria política. Una medida que generó controversia y provocó críticas de antiguos responsables universitarios y profesores.

Más allá de las diferencias de criterio, el debate evidenció la existencia de distintas sensibilidades sobre cómo deben reaccionar las instituciones académicas cuando la tensión política amenaza la normalidad universitaria.

La memoria como herramienta de futuro

Las jornadas sirvieron también para recuperar una realidad que hoy resulta lejana para buena parte del alumnado. Durante años, ETA convirtió a profesores, intelectuales y representantes académicos en objetivos de una estrategia de intimidación destinada a silenciar voces discrepantes. Los campus fueron, con frecuencia, escenarios de tensión donde no siempre resultaba sencillo expresar determinadas opiniones.

La codirectora del curso, la historiadora Virginia López de Maturana, defendió la necesidad de mantener viva esa memoria y relacionarla con los desafíos actuales. A su juicio, reflexionar sobre cómo respondieron las instituciones democráticas frente a la violencia ayuda a comprender mejor las controversias contemporáneas vinculadas a la intolerancia y la exclusión.

Sin establecer paralelismos simplistas entre contextos distintos, varios participantes coincidieron en la importancia de preservar una cultura universitaria basada en el respeto, el diálogo y la confrontación pacífica de ideas. Esa reflexión atravesó buena parte del programa: cómo responder cuando surgen comportamientos que buscan acallar al discrepante mediante la presión, el miedo o la intimidación.

Testimonios personales

La dimensión humana del curso estuvo presente a través de diversos testimonios personales. Entre ellos destacó la conferencia del catedrático de Historia Contemporánea José María “Txema” Portillo, titulada Mis personales años de plomo.

Portillo recordó las consecuencias que el terrorismo y su entorno provocaron en numerosos docentes y explicó cómo algunos profesores se vieron obligados a abandonar el País Vasco para garantizar su seguridad. Su intervención acercó a las nuevas generaciones experiencias que forman parte de la historia reciente de la universidad, aunque cada vez resulten más desconocidas.

Para López de Maturana, escuchar a quienes vivieron directamente aquella realidad constituye un elemento esencial de iniciativas como esta. No se trata únicamente de analizar los hechos desde la investigación académica, sino también de comprender el impacto personal de las amenazas, la exclusión social y la violencia.

Una mirada más allá del caso vasco

El programa incorporó además una perspectiva comparada e internacional. Varias ponencias analizaron episodios de violencia política contra universidades en distintos contextos europeos, desde la Italia de los años de plomo hasta las agresiones protagonizadas por grupos de extrema derecha contra la Universidad española durante la Transición.

Asimismo, se examinó cómo afectó la presión terrorista a otras instituciones académicas como la Universidad de Deusto, Mondragón Unibertsitatea, la Universidad Pública de Navarra y la Universidad de Navarra, ampliando el análisis más allá de la experiencia de la UPV/EHU.

Las jornadas concluyeron con una convicción compartida por muchos de los participantes: la universidad no solo transmite conocimiento, también tiene la responsabilidad de proteger los valores que hacen posible la convivencia democrática. La defensa de la libertad intelectual, el respeto al pluralismo y la protección de quienes expresan opiniones discrepantes forman parte de esa tarea.

En una sociedad donde el terrorismo es ya un recuerdo lejano para muchos jóvenes, iniciativas como este curso contribuyen a preservar una memoria indispensable. No solo para recordar a quienes sufrieron la violencia, sino también para comprender que la libertad académica y el debate abierto son conquistas que requieren una defensa permanente. La experiencia de la universidad vasca demuestra que la memoria sigue siendo una herramienta esencial para fortalecer el compromiso con los principios democráticos.