Curso de verano en la Universidad Pública de Navarra

La desaparición de una persona como consecuencia del terrorismo añade a la violencia del crimen una dimensión especialmente dolorosa: la incertidumbre. Cuando no existe un cuerpo, una explicación concluyente o una verdad plenamente conocida, el sufrimiento de las familias se prolonga durante años e incluso décadas. Sobre esta realidad poco conocida, pero profundamente humana, giró la quinta edición de los Cursos de Verano de la Universidad Pública de Navarra (UPNA), organizada en colaboración con el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, la Fundación Víctimas del Terrorismo y el Instituto de Investigación Social Avanzada I-Communitas.

La jornada, celebrada en Pamplona, reunió a investigadores, periodistas, escritores y familiares de víctimas con el propósito de reflexionar sobre un fenómeno que trasciende fronteras y épocas: las desapariciones vinculadas a la violencia terrorista. A través de conferencias, diálogos y mesas redondas, el encuentro abordó tanto la dimensión histórica y política del problema como sus consecuencias personales y sociales.

La directora del curso, la profesora e investigadora Marta Rodríguez Fouz, destacó desde el inicio la necesidad de mantener viva la memoria de quienes siguen sin aparecer y de quienes continúan sufriendo las consecuencias de esas ausencias. Recordó que detrás de cada caso existen familias cuya experiencia no termina con el crimen, sino que queda marcada por una espera interminable. En este sentido, subrayó que la labor académica y la construcción de memoria democrática solo cobran pleno sentido cuando encuentran una ciudadanía dispuesta a escuchar y a comprender.

La inauguración contó también con la participación de representantes de las entidades organizadoras, que coincidieron en la importancia de romper el olvido y otorgar visibilidad a quienes han padecido una doble victimización: la del asesinato o secuestro y la de la desaparición posterior. El presidente de la Fundación Víctimas del Terrorismo, Juan Francisco Benito, defendió que hablar de los desaparecidos constituye un acto de justicia y reconocimiento hacia unas familias que, en muchos casos, siguen buscando respuestas décadas después de los hechos.

Durante las intervenciones se insistió en que el terrorismo no solo buscó causar daño mediante la violencia directa, sino que en ocasiones intentó también borrar las huellas de sus crímenes. La desaparición de las víctimas prolonga el impacto del terror más allá del momento del atentado y dificulta el cierre emocional de quienes quedan atrás. Florencio Domínguez, director del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, recordó que mientras el asesinato provoca una pérdida devastadora, la desaparición añade una incertidumbre permanente que impide concluir el duelo.

Los participantes alertaron, además, sobre el riesgo que supone el paso del tiempo. A medida que transcurren los años disminuyen las posibilidades de obtener información relevante sobre algunos casos sin resolver. Personas que podrían conocer datos fundamentales fallecen o desaparecen sin haber aportado su testimonio, mientras los familiares envejecen esperando conocer la verdad. De ahí la importancia de seguir investigando y manteniendo abiertos los espacios de reflexión pública.

El uso de la desaparición forzada

El componente académico del curso permitió analizar la desaparición forzada como una práctica utilizada históricamente por distintos actores violentos. Las conferencias exploraron este fenómeno como instrumento de control y de poder, así como sus consecuencias en términos de derechos humanos y memoria colectiva. También se dedicó atención a los casos que permanecen abiertos en España y a las dificultades que plantean tanto desde el punto de vista judicial como desde la perspectiva de las víctimas.

La dimensión internacional estuvo presente a través de un diálogo centrado en Irlanda del Norte y en la búsqueda de personas desaparecidas por el IRA durante el proceso de paz. La conversación permitió comparar experiencias y reflexionar sobre los retos que afrontan las sociedades cuando intentan esclarecer hechos ocurridos en contextos de violencia política. Asimismo, se analizaron las dificultades que encuentran los periodistas para informar sobre asuntos marcados por el dolor, el silencio y las tensiones políticas.

Otro de los espacios del curso estuvo dedicado al papel de la literatura y la cultura en la transmisión de la memoria. Diversos autores compartieron sus experiencias al abordar narrativamente casos de desapariciones vinculadas al terrorismo. La literatura, señalaron, puede contribuir a acercar estas historias a nuevas generaciones y ayudar a comprender la dimensión humana de tragedias que a menudo corren el riesgo de convertirse únicamente en cifras o referencias históricas.

La voz de las víctimas

Sin embargo, uno de los momentos más conmovedores de la jornada llegó con la mesa redonda protagonizada por familiares de desaparecidos. Sus testimonios trasladaron el debate desde el ámbito académico al terreno de la experiencia vivida, recordando que detrás de cada expediente existen rostros, nombres y décadas de sufrimiento.

Coral Rodríguez Fouz, sobrina de Humberto Fouz Escobero, compartió la historia de su familia. Humberto desapareció en marzo de 1973 junto a Fernando Quiroga Veiga y Jorge García Carneiro después de desplazarse al sur de Francia. Más de cincuenta años después, sigue sin conocerse el destino de los tres jóvenes. Rodríguez recordó el profundo dolor que provocó aquella ausencia y cómo los familiares tuvieron que convivir, además, con rumores e insinuaciones que cuestionaban los hechos. Para quienes esperaban respuestas, la desaparición se convirtió en una herida abierta imposible de cerrar.

También intervino Lourdes Auzmendi, compañera sentimental de Eduardo Moreno Bergaretxe, conocido como Pertur, desaparecido en julio de 1976. Su testimonio puso de relieve el impacto de una desaparición cuya resolución continúa siendo una incógnita. Décadas después, la falta de certezas mantiene vigentes muchas de las preguntas que surgieron en aquellos días.

La tercera voz de la mesa fue la de Pilar Muro, viuda del empresario Publio Cordón, secuestrado por el GRAPO en 1995. Aunque las investigaciones permitieron conocer parcialmente lo ocurrido, la familia nunca ha podido recuperar sus restos. Muro relató la dureza de una búsqueda prolongada durante años y las consecuencias que genera vivir sin una respuesta definitiva.

Las tres coincidieron en una idea esencial: la desaparición altera radicalmente la manera de afrontar la pérdida. Mientras la muerte permite iniciar un proceso de duelo, la ausencia sin explicación mantiene abiertas expectativas, interrogantes y emociones contradictorias. La esperanza y la desesperación conviven durante años, dificultando la posibilidad de pasar página.

A lo largo del encuentro, los organizadores reivindicaron el papel de la universidad como espacio de conocimiento, pero también como lugar de compromiso cívico. La investigación sobre las consecuencias de la violencia terrorista no persigue únicamente comprender el pasado, sino ofrecer herramientas para construir una sociedad más consciente de los efectos de la intolerancia y del fanatismo.

La jornada concluyó con una reflexión compartida por buena parte de los participantes: recordar a los desaparecidos es una obligación ética y democrática. Mantener viva su memoria supone reconocer el sufrimiento de las familias, defender el derecho a la verdad y evitar que el paso del tiempo termine imponiendo el silencio. Mientras permanezcan abiertas preguntas sobre lo ocurrido y existan personas esperando respuestas, la sociedad conserva la responsabilidad de seguir buscando, investigando y escuchando.

Porque la memoria no devuelve a quienes faltan, pero sí puede impedir que desaparezcan también de la conciencia colectiva. Y en esa tarea de preservar nombres, historias y dignidad, encuentros como este constituyen una aportación fundamental para que las víctimas sigan ocupando el lugar que les corresponde en la memoria democrática.