Hay días en el calendario que se nos quedaron agarrados en las entrañas con la memoria viva de la indignación por sus víctimas inocentes. Con la memoria del dolor compartido.

De hecho, en la memoria profunda de millones de ciudadanos está el atentado de Hipercor, el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco o el atentado de los trenes de Madrid cuyo difícil juicio encara sus últimos días. Al recordarlos desde lo más profundo de nuestra frágil condición humana, recordamos a todos los demás, a esos niños y niñas y jóvenes, padres, madres o abuelos a los que dejaron sin futuro los etarras o los islamistas. Recordamos a los que quedaron mutilados. Y recordamos que les debemos algo: no doblegarnos
ante sus asesinos, así como una deuda justicia y apoyo con respecto a sus seres queridos.

Hay víctimas de atentados terroristas, sí, pero hay víctimas de la persecución y de la amenaza. Y nos conviene no olvidar que cuando amenazan a los jueces, fiscales, periodistas e intelectuales que no se ponen mordazas, a los humildes concejales que se atreven a presentarse en el País Vasco y Navarra, nos amenazan a todos. De forma intencionada, para atemorizarnos, porque los terroristas buscan, en primer lugar, doblegarnos como sociedad, con la intención de que aceptemos el relato de que los asesinos no tienen culpa ni responsabilidad por tanta atrocidad. En segundo lugar, para arrancar, de forma ilegítima y antidemocrática una serie de objetivos netamente políticos.

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